viernes, 22 de febrero de 2008

Entrevista con Pancracio Celdrán Gomariz, por Vicente Torres

Pancracio Celdrán (Murcia, 1942) es doctor en Filosofía y Letras por la Universidad Complutense, licenciado en Lengua y Literatura Hispánica, master en Historia Comparada; diplomado en Historia de Oriente Medio, Lengua y Literatura Inglesa, Literatura Comparada, Lengua y Cultura Hebrea. Ha sido profesor adjunto a cátedra en distintas universidades americanas y europeas, y terminó su actividad académica en las israelíes de Haifa, Jerusalén y Beer-Sheva, y como profesor invitado en la Universidad Internacional del Líbano. Es autor de cientos de artículos y libros de Historia, Lengua y Literatura antigua y medieval; Antropología cultural y Fraseología. Junto a la producción erudita y profesional, es autor de infinidad de libros. Su faceta periodística ha tenido amplio desarrollo en el medio radiofónico, así como en prensa escrita y en televisión, como guionista, creador de programas, participante en tertulias, articulista y autor de reportajes. Colabora en el programa No es un día cualquiera (Premio Ondas 2003) de Radio Nacional, y en la revista El Semanal suplemento dominical con ocho millones de lectores.
Su último libro: Hablar con corrección, publicado por Planeta en Temas de Hoy, ha conocido numerosas ediciones y ha figurado en listas de los libros más vendidos. En la actualidad prepara una edición 'monstruo' (más de 1000 páginas) sobre insultos: su uso, orgien etimológico, su peripecia léxica, sentido y evolución semántica, obra que con toda seguridad captará el interés de los medios: ¿su título?, muy sugerente: Yo insulto, tú insultas..., por la editorial La Esfera de los libros.


- A pesar de que la gente compra muchos libros que se refieren al lenguaje, como Hablar con corrección, y los espacios en los medios sobre la misma cuestión son muy seguidos por el público, cada vez se habla peor. ¿A qué puede deberse el fenómeno?

El que la escalada en la incorrección lingüística oral y escrita vaya en aumento es consecuencia de un fenómeno desgraciado: el gran público toma como habla normativa y fetén la vertida en los medios de comunicación hablados, cátedra bastarda que se ha erigido en autoridad reguladora del bien hablar. El oyente, poco avisado generalmente, toma por bueno el discurso radiofónico y televisivo sin darse cuenta de que el prestigio del medio no tiene por qué traducirse en prestigio de quien lo usa. Los servidores de noticias y programas de entretenimiento de todo tipo son gente normalmente mal formada, sin fondo cultural adecuado, sin conocimiento del instrumento que manejan: la lengua. Es más: en la mente de esas criaturas parlantes se ha instalado la especie de que es mejor quedar por mal hablado que por pijo y redicho, con lo que no se esfuerzan en la pronunciación ni en el uso del léxico. Con esto, es natural que cada vez se hable peor: es el reflejo del habla mediática. Esa merma cultural y falta de profesionalidad del periodista actual repercute negativamente en la audiencia, donde causa estragos: latiguillos mostrencos, solecismos, léxico pobretón, tópicos y lugares comunes, ausencia de ingenio, ramplonería ideológica… ¡Para qué seguir! Se convierte en personaje instantáneo a una señora que exhibe sus vergüenzas durante unos días dentro de una casa donde el único canto es a la promiscuidad, y no a la convivencia…, presentado todo ello por una supuesta periodista de campanillas, o más bien diría de cencerros por el sonido bronco de tales programas y la vacuidad de su contenido. El gran público se regocija, pero luego piensa y dice para sus adentros: '¡Valiente majadería!'. Se busca refugio en libros que prometen mostrar el camino del uso correcto de la lengua, y hacen bien quienes así se comportan…, pero ¡el daño es ya tan grande!

- En su tiempo, el ministro Solís se reunió con un nutrido grupo de profesores y, desde el estrado, les lanzó una pregunta: ¿Para qué sirve el latín? , dijo una voz del fondo de la sala. ¿Para qué sirve el latín? ¿Se enseña en la actualidad?
El latín se enseña en los últimos cursos de la educación obligatoria, pero como todo en nuestro sistema educativo: mal, con desgana de profesores y de alumnos. La disparatada sucesión de planes de enseñanza ha dado como triste resultado un estado de cosas caótico. La educación se ha ido de las manos de todos y todo hace pensar que la precipitación hacia el abismo será imparable. La en enseñanza del latín es una muestra: la mayoría de los profesores sólo piensan en jubilarse, en parte porque no hay a quién enseñar. El grado de preparación de los alumnos en gramática española es tan pobre que apenas se les puede hablar de conceptos de esa naturaleza porque no entienden, no saben y no contestan. Hay profesores heroicos e institutos admirables en cuanto al esfuerzo…, pero en la enseñanza pública todo va a quedar en agua de borrajas. Los colegios privados resisten, pero no sabemos hasta cuándo. Y so que hablamos de la lengua madre de la nuestra; sin un conocimiento serio del latín no es posible emprender estudios de filología románica: no ya de castellano, sino tampoco de francés, italiano, portugués, etc. El latín es la piedra de Rosetta de las Humanidades: Filosofía, Derecho, Historia. Sin esta lengua clásica es casi imposible acercarse a su conocimiento profundo. Pues bien, con eso y todo resucita el espíritu de aquel ministro de quien usted me habla: '¿Para qué sirve el latín?'. Quien se hace tal pregunta lleva en la respuesta la penitencia.


- En términos generales, ¿tienen un buen dominio del idioma los profesionales de los medios de comunicación?
Me remito a lo que le dije en la pregunta inicial: ninguna. En su inmensa mayoría son unos incompetentes lingüísticos; carecen de léxico; no oyeron hablar nunca de la retórica; desconocen los usos del discurso público, tanto que creen en su ignorancia que hay que hablar como si se estuviera en medio de la plaza. El ingenio brilla por su ausencia, y se abusa de la participación del oyente y de las colaboraciones constantes para esconder el panorama desolador de su propia preparación y cultura. Así y todo, también aquí hay excepciones brillantes, y programas que brillan en esta noche obscura del periodismo audio-visual. Como usted sabe yo intervengo en alguno, y puedo decirle, sin apasionamiento, sin que se diga que se me ve el plumero en uno: No es un día cualquiera, de Radio Nacional de España, Radio-1, dirigido por una criatura verdaderamente preparada, un oasis en este páramo de los medios de comunicación que tiene nombre: Pepa Fernández; nombre y nombradía. Junto a Pepa, una constelación de colaboradores preparados en lo suyo, pongo por caso a José Ramón Pardo en la música; a Alex Grijelmo en la gramática; a Juan Morales en sus intervenciones estupendas y en su capacidad de creación de espacios de interés ciudadano; a Paco Álvarez, en su manejo extraordinario de los asuntos económicos; a José María Íñigo en su espacio musical; a la estupenda persona y profesional serio que es Antonio Fraguas, Forges, fuente permanente de ingenio. No son criaturas cualesquiera éstas de las que le hablo, sino gente con muchos años de profesión a cuestas, de estudio serio, de competencia en todos los planos. Ya ve usted que hay de todo, pero lo bueno ocupa una parcela exigua…, y eso es lo malo.


- ¿Quiénes son los dueños de las lenguas?
Usted sabe bien que la lengua es una convención de hablantes, por lo cual es patrimonio de todos. Pero también es cierta la paradoja que dice que 'es de todos y de nadie', en alusión a que una vez formada nadie tiene derecho a hacerla polvo. Aquí, como en las matemáticas, no es cierto que dé lo mismo ocho que ochenta. La lengua tiene una estructura, unas normas, una personalidad contra lo cual no es posible atentar. Amén de lo dicho, el castellano, nuestra lengua, no es sólo castellano: es también el latín, de la que procede, y cuya gramática y peculiaridades hereda. La Academia , como gestora de este patrimonio extraordinario, tiene obligación de mirar por él, de preservarla de impurezas, como dice su lema de limpia, brilla y da esplendor…, y no siempre está a la altura de esa exigencia: levanta la mano para que pasen despropósitos, disparates, usos mostrencos. Pongamos un ejemplo: ¿Por qué aceptar 'en ciernes' cuando la forma fetén y consagrada es 'en cierne'? N o hay otra respuesta que el uso…, pero claro: el uso de unos pocos, ya que la mayoría emplea el modismo adverbial de manera correcta…, con su conducta lo único que hace es crear confusión y aceptar que el error de unos cuantos merece ser lexicalizado. Pero en fin, así le luce el pelo a la llamada 'docta casa': nadie le hace caso.

- Hay gente que tiene serias dificultades para encontrar el tiempo verbal adecuado para cada ocasión, así como las palabras que mejor sirven para lo que quieren expresar. ¿Qué le sugiere esto?
Sencillamente: hacer honor a la regla de oro de las gramáticas clásicas: la consecutio temporum, es decir, que los tiempos concernidos en el discurso se correspondan dentro de la escala natural del acontecer verbal, y mediante tal disposición no será de recibo decir 'mañana te veo', como también rechinaría 'mañana te vi'. ¿Qué es eso de 'luego hablamos'? La consecutio temporum exige que digamos 'luego hablaremos'. Es sencillo: quien hace uso incorrecto de los tiempos verbales es porque quiere.

- ¿Qué opina de los verbos influenciar, aperturar, excepcionar, etc.?
Son inventos de gente poco familiarizada con la propia lengua. Dice influenciar quien no se da cuenta de que existe influir; dice aperturar quien vive de espaldas a la existencia del verbo abrir. Es cierto que puede darse alguna circunstancia que requiera la creación de un verbo nuevo: los neologismos son cosa corriente en la vida de las lenguas, pero hay que tomarlas con cuentagotas. Lo primero y principal: buscar en nuestro diccionario el término fetén para la necesidad lingüística de emergencia, labor que casi siempre da su fruto. Y dije 'casi' no 'prácticamente'. Me preguntaba un lector de la revista dominical El Semanal, donde mantengo un consultorio lingüístico parecido al que llevo adelante en Radio Nacional de España: 'Oiga, don Pancracio, ¿quien prácticamente se comió un jamón, se lo comió todo o se comió casi todo…?'. La pregunta no era baladí: si en la práctica se comió el jamón es que la criatura no dejó ni el hueso; pero
si se comió casi toda la pieza, algo dejó. Bromas aparte, quiero decirle con estas digresiones mías que no hay cosa que no pueda decirse airosamente en nuestra lengua castellana, aunque para salir con bien del trance es necesario aplicarse, y ahí reside otra de las madres del cordero en este espinoso asunto: la pereza, la gran pereza de nuestros periodistas y gentes de los medios de comunicación: algunos se creen tan sabios que van sin guión, como queriendo decir: que salga el toro de la lengua que lo toreo sin capote y sin muleta…, pero claro: así queda el toro, muerto a disgustos, a despropósitos.

- Cada vez son más utilizados los términos envergadura y encajar como sinónimos de altura y recibir. ¿Habrá que modificar el diccionario al final?
Llamamos envergadura a la distancia que entre sí crean los brazos extendidos de una persona; y en sentido figurado se da este nombre a la importancia, amplitud y alcance de una cosa; como modismo adverbial se dice que es de envergadura lo que es importante, o pretender serlo. No hay posibilidad de vincular el término con concepto afín al de altura. El error de hacerlo procede de la misma Academia, que da como entrada primera la siguiente: distancia entre los extremos de las alas de un avión. Es decir, que una palabra de uso antiguo como ésta, muy anterior en siglos a la aparición de los aviones, hurta el espacio en su campo semántico a los usos tradicionales del vocablo. ¿Cómo quieren los de la docta casa que respetemos sus decisiones? Menos mal que entre sus filas hay un humorista para que así, se justifique el que nos riamos. En cuanto a 'encajar', la acepción número 13 del diccionario oficial lo acepta, acaso teniéndose in mente el sintagma deportivo 'encajar goles', es decir: recibirlos, soportarlos incluso cuando el marcador es muy adverso', y en ese sentido se encaja un gol como se encaja una mala noticia o una desgracia. Es uso coloquial, pero razonable.


- La parla perifrástica también está muy extendida. Hay gente que no hace cosas, sino que procede a hacerlas. ¿Por qué creen que son más finos hablando así?
Es muy cierto lo que usted dice; la perífrasis verbal es una desgracia porque resta agilidad al discurso, lo prolonga innecesariamente. Otro tanto sucede con los usos tópicos de expresiones que a modo de clichés se repiten en los medios de comunicación: las casas no se derrumban, sino que se vienen abajo; el río no arrambla con cuanto encuentra a su paso, sino que se lo lleva por delante. El circunloquio, el rodeo verbal de aquello que pudo expresarse con menos palabras es desgracia que nos invade. Como tiene la cosa visos de conducta culta, los tontos se aferran a ello y no sueltan prenda. Los verbos ya no valen, a estas criaturas no parecen servirles si no lo acompañan de adherencias bastardas.

- ¿No le entristece que se abuse del verbo contemplar utilizándolo para nombrar acciones que se designan mejor con otros verbos?
Mire usted, yo ya estoy curado de espantos. El verbo latino contemplare del que desciende el nuestro, significa en aquella lengua 'considerar atentamente, observar con cuidado; examinar de manera diligente, mirar con los ojos del alma, recrearse en la hermosura de una cara o de un paisaje. Pero no significó nunca 'pensar en las posibilidades que uno tiene, ni significó tampoco confiar en que sucederá lo que uno espera', usos bastardos que modernamente van dando al término una serie de usuarios montaraces que hace de la capa de la lengua su propio sayo. La lengua es una convención de sus hablantes, pero no un asalto al semantismo inherente a su léxico.

- ¿Qué opinión tiene acerca de los procedimientos para elegir a los académicos de la RAE ?
No estoy muy al día de cómo se hace eso, pero sea cual fuere el procedimiento los resultados no han sido buenos. Hay filólogos importantes, como García Yebra, Rodríguez Adrados, Manuel Seco, por nombrar a un latinista, a un helenista importantísimo a nivel mundial, y a un gramático de gran solvencia; un filósofo extraordinario, como Emilio Lledó. Pero luego hay un lastre, un peso muerto de gente sobrevenida, incapaz de aportar nada a esa casa tan necesitada de lexicógrafos, lingüistas, paleógrafos, dialectólogos. En fin, ¿qué le voy a decir a usted? Repase la lista de los que están y verán que nunca como hoy puede decirse aquello de que 'ni están todos los que son, ni son todos los que están'.
- ¿Tiene algún libro en camino?
Uno siempre está haciendo cosas: es la propia inercia de la vida intelectual. Desde los 24 años ando en estas lides del profesorado, la divulgación, la creación. La niña de mis ojos en estos momentos saldrá a la luz del día a finales de mayo, en la feria del libro de Madrid, publicada por 'La esfera de los libros'. Su directora, Imelda Navajo, ha tenido a bien enfrentarse con un libro muy voluminoso, en torno a las mil páginas que llevará por título Yo insulto, tú insultas… (Tesoro crítico etimológico histórico de los insultos españoles) donde recojo miles de insultos, tanto los grandes como los chicos, los insultos de siempre como los insultos olvidados, los de la ciudad y los del campo, los de la urbe y los de la aldea. Miles de insultos con su explicación etimológica, su uso, ejemplos de empleo, su devenir histórico cuando es el caso, se erosión semántica, etc. Se trata de una obra definitiva que deja en paños menores a mi clásico Inventario General de Insultos publicado hace más de una década, vengo trabajando en este campo desde hace quince años y aún se quedará un buen puñado de insultos castizos en el tintero. Estoy muy ilusionado con este libro cuyo manuscrito entrego en la primera mitad de enero. Que Dios lo mire con agrado y le dé tanta suerte como tuvieron otros libros míos en esa jungla bibliográfica que es el mercado de Iibros en nuestra patria.

2 comentarios:

Gaiar dijo...

No recuerdo haber leído esta entrevista en su momento, ahora la leo y te agradezco que la vuelvas a traer a colación, pues he aprendido al mismo tiempo que he disfrutado.

Un abrazo!

Alejandro Bovino Maciel dijo...

Muy, muy interesante los comentarios de este verdadero depurador de la lengua, muy bueno eso de que, si es de todos, nadie tiene derecho a destruir impunemente como no se pueden destruir sin delito los monumentos públicos, ¿no es así?
Mis buenaventuras a esta nota, que siga corriendo, y si consiguiera entrar en los beneméritos medios de comunicación y cátedras de periodismo, sería genial.
Alejandro Maciel, Argentina.