miércoles, 23 de enero de 2013

Minutos de oro

Acaba de salir de la ducha y de secarse. No le gusta llegar tarde a ningún sitio, pero, no obstante, se viste con parsimonia, como si el tiempo no existiera, eternizando los instantes, inundando el momento de espiritual paz, sorbiendo algo que puede ser la vida.
Cada movimiento que hace, en el proceso de vestirse, es como una ruptura de ese estado anímico, como una vuelta a la vida dinámica. Por eso los movimientos son lentos y espaciados. Su mente va del pasado al futuro, del recuerdo a la imaginación, sin orden ni concierto, dejándose llevar por la inercia, sin pretensiones de ningún tipo, sino simplemente disfrutando del relajamiento del momento.
Es un momento como esos en los que ni las hojas de los árboles se mueven; como un ir y venir, sin ir a ninguna parte, ni volver tampoco; como esas olas del mar, que llegan mansas y acarician y se van; como esa brisa que protege de los rigores del verano; como esa mirada dulce que nos convence de que vivimos en el paraíso; como ese sueño del que no queremos salir; como ese trago de vino que se retiene en la boca.
Se va poniendo prenda tras prenda con la cadencia propia de la lentitud, con el espíritu aparentemente lejos del cuerpo, con el ánimo tranquilo y dispuesto a ahuyentar cualquier intento de dar prisa que provenga del cerebro.
Finalmente, se ha terminado todo. Apenas han transcurrido unos pocos minutos, muy pocos más de lo que hubiera necesitado el normal proceso de vestirse, pero una vez acabado no renuncia a ese tiempo de demora con el que se ha deleitado.
Y sale a la calle con la seguridad de que llegará a tiempo, de que nada le hará arrepentirse de haberse demorado un poco en un momento concreto.
Quizá piensa que ser feliz consiste en saber detener el tiempo de vez en cuando.

1 comentario:

John Julius Reel dijo...

Muy, muy bonito, Vicente. Una leccion que voy a intentar aprovechar. Normalmente soy un esclavo al reloj. Que pena. Muchas gracais por servir como recordatorio.