jueves, 9 de junio de 2016

Ignacio y Javier

El primero de los discursos es de Ignacio Urrutia y el segundo de Javier Urzainqui

Buenas tardes.

Permítanme empezar con una auto-introducción. Yo no soy el presentador de la novela de Vicente. El verdadero presentador, después de escribir su texto, ha debido ausentarse por otros compromisos, por lo que Vicente me pidió que leyera su introducción, cosa que acepté encantado. Soy, por tanto, el lector.

Una vez conocida la brillante introducción de Javier Urzainqui a la novela, decidí que éste merecía también una breve presentación, lo que me convertiría en presentador del presentador. Y noté que podrían decirse más cosas sobre el propio Vicente. Lo que me convertiría en el presentador del autor. Como esto tiene lugar antes del texto de Javier, podemos decir que soy el pre-presentador de la novela, así como presentador del presentador y del autor. Espero con ello haber aclarado los términos, aunque entendería si alguno de ustedes me considerase a estas alturas simplemente impresentable.

Me enteré de la novela, como muchos otros, con la invitación de Vicente al grupo de Facebook “Yo Estoy Loco”. Pasada la lógica alarma inicial al descubrir que se trataba del título de una novela, es legítimo en cualquier caso preguntarse si Vicente está loco o no. Cada uno tendrá su respuesta, aunque espero darles alguna pista para que juzguen ustedes mismos.

Desde luego, es un síntoma a tener en cuenta el mero hecho de escribir una novela en estos tiempos difíciles para los autores. Sobre todo si tenemos en cuenta la temática, en la que no hay misteriosos códigos por descifrar, ni vampiros adolescentes, ni sexo sadomasoquista. Es para mí, sobre todo, una novela que hace pensar en cada página.

Claro que siempre se podría cambiar el enfoque de la mercadotecnia y anunciar en letras grandes los puntos fuertes de venta de la novela:
  • vampiros (emocionales)
  • violencia (moral, y ocasionalmente física, al servicio de la historia).
  • escenas de sexo (con un enfoque original y delicado)
Ahí dejo la idea, por si lo quiere considerar para próximas ediciones.

Con ese nombre y siendo valenciano, era de esperar que Vicente mostrara algunos rasgos de carácter que se suelen atribuir a sus paisanos. Por ejemplo, es un gran conversador, humilde y tolerante. A mí que soy de una tradición más obcecada me admira ver sus esfuerzos para integrar posturas hasta en debates clave de nuestro tiempo, tan enconados, como el de si la tortilla de patata debe llevar cebolla o no.

Si hay algo que le saca de quicio y saca su lado belicoso es la gente destructiva, los acosadores, los que se recrean en el mal, los abusones, el troll de las redes sociales. Mucho de esto lo encontrarán en la novela.

Y otro rasgo de Vicente que encuentro en “Yo estoy loco” es su admiración por las personas de gran categoría humana, de elevada talla moral. Vicente es un incondicional de la generosidad, la nobleza, la brillantez, el esfuerzo por mejorar la vida de los demás. Y no sólo admira a los grandes sino que se esfuerza por ser y comportarse como uno de ellos.

Creo que con esto les he dado ya suficientes pistas para juzgar si Vicente está loco o no; aunque si quieren más tendrán que leer la novela. Recuerden que está llena de sexo, vampiros y violencia. O si lo prefieren una novela que hace pensar, sobre hombres y mujeres que aspiran a ser grandes y las dificultades que se encuentran en un mundo donde a veces los abusadores sin escrúpulos tienen el control.

Para terminar, un par de apuntes sobre el verdadero presentador. Se llama Javier Urzainqui y los que hemos leído dos líneas suyas estamos deseando que nos ofrezca algo más. Es un apasionado de la historia, a la que está dedicando su tiempo en la actualidad, y un erudito. Su curiosidad le lleva a descubrir anécdotas impagables, y su destreza para narrar las convierte en lectura amenísima. Lástima que no haya podido acudir, aunque tenemos un texto suyo que en mi opinión es extraordinario. Juzguen ustedes.


Yo estoy loco

Buenas tardes, señoras y señores. Quisiera, antes de nada, agradecer a todos ustedes su presencia, y a mi amigo Vicente Torres el honor de haber depositado en mi persona la confianza para la presentación de su libro. Espero, no defraudar sus expectativas.
Dicho lo anterior, procuraré ser breve. Está a punto de iniciarse una nueva campaña electoral y ya tendrán ustedes motivos bastantes para aborrecerla ante el cúmulo de verborragia demagógica que se les avecina; no quiero, por mi parte, añadir la más mínima aportación a este innecesario y cruel castigo con mi perorata.
¿De qué pasta están hechos los héroes modernos? ¿A qué árbol de la vida quedan vinculados? Esta es la pregunta que se nos plantea desde la primera página de la novela y cuya respuesta es imprescindible encontrar. No es tarea fácil. La concepción poética del héroe lo vincula a una combinación de fuerza y voluntad férrea. Desde mi punto de vista, en la mayoría de los casos, lo heroico reside en la épica de la rutina diaria, del trabajo que se sabe bien hecho, del esfuerzo sin concesiones a la alegría y todo ello amasado en el dolor, que es el perfume amargo de la lucha por la vida. No es de extrañar, pues, que Boris Vian afirmara que “el humor es la cara civilizada de la desesperación”.
Esta novela es el viaje iniciático y esperanzado de un muchacho cubano, salido en los años 90´s de entre la elite de ese enorme orfanato que era y es Cuba. Un lugar donde los niños todavía sueñan en blanco y negro; un lugar donde, aún hoy en día, es perfectamente aplicable aquello que contestó Ortega cuando le preguntaron que le parecía el dictador portugués Salazar: “Bien, muy bien –contestó-; no se puede gobernar mejor a ocho millones de difuntos”.
En estos momentos de venta al por mayor de los manuales de autoayuda, de una búsqueda desaforada de la felicidad, de la relativización del esfuerzo personal, de sociedades en las que todo el mundo quiere ir al cielo pero nadie quiere morir, encontrarnos con la historia de un perdedor a la búsqueda de su yo, de su autoestima, tiene su miga.
Las sociedades hedonistas, como la espartana con su Taigeto, tienden a arrojar por el barranco de las estadísticas a quienes, por los motivos que sean, la vida no resulta fácil; a todos aquellos que parecen llevar grabado en la frente el estigma de “Nasío pa´sufrir”. Nuestro protagonista tiene que aprender - duro aprendizaje-, que hay muchas cosas que escapan a su control, que la vida no viene con un manual de instrucciones. “No es hacia abajo ni hacia atrás la vida” diría, Neruda.
Este devenir personal parece convertirle en eso que los italianos llaman un jettatore, una especie de gafe. O, por el contrario, ¿se trata de un auténtico caso de mala suerte? Dice el Dizionario dei sinonimi que se nace jettatore como se nace poeta. Arrastraba la misma fama Alfonso XIII quien una tarde, en su exilio de Roma, tomaba el té en la terraza del Gran Hotel cuando entraron unos oficiales del ejército italiano, de uniforme; al verle, se llevaron los dedos índice y meñique al rombo cosido al cuello de la guerrera, para que el contacto con el metal les librara del maleficio. Cuando se dio cuenta el rey español de la turbación y miedo de los militares, se levantó y sonriendo, les dijo: “caballeros, no se inquieten. Hoy no estoy de servicio”.
En republicano, tenemos a Zapatero, que, como el rey Alfonso XIII, pertenece por méritos propios al Parnaso de los grandes gafes (no me pidan que les ponga ejemplos, porque estoy seguro que todos ustedes los conocen). Volviendo a nuestro protagonista, también parece que en algunas ocasiones tan sólo falta que le abra la cabeza un meteorito.
Los gafes, tanto hombres como mujeres, son personas proclives a la desgracia, y normalmente carecen de independencia emocional, en tanto necesitan el sostén de otros, lo que les proporciona la seguridad que les falta”.
La definición de gafe, definitivamente, parece ajustarse como un guante a nuestro protagonista.
Encajar, sin embargo, su personalidad, tiene la dificultad de un sudoku tramposo. Es un hombre dominado por lo que en inglés se conoce como turning points, los puntos de inflexión; esos cambios dramáticos de la vida, incapaces de ser prevenidos ni controlados (la enfermedad, el mobbing); un ser humano que acumula tanto dolor y desesperación (¿en qué parte de su alma aloja la fantasía?), que redime su ruina psicológica a través de la amistad y a quien no le queda más remedio que trabajar su rabia, aunque le cueste el psiquiátrico, una y otra vez, para tratar de alejar de sí el viejo aforismo de que siempre es pronto para rendirse. Visto lo anterior, estoy de acuerdo con lo que dice el famoso psiquiatra José Cabrera: “las personas alegres se resfrían mucho menos”.
Vicente, a lo largo de su novela, nos presenta un mapa detallado de la topografía del infierno del protagonista. Un conjunto de avatares emocionales de los que muchos de nosotros habíamos oído hablar, pero que conocíamos mal. Nos conduce, despacio, por la ortografía del sufrimiento, por su hoja de ruta, aunque nunca sepamos, porque ello es imposible, cómo tiene que ser la redención de los perdedores.
Sólo aquellos que han pasado una crisis de angustia saben cómo es el descenso anticipado a los infiernos, ese lugar donde después de pesar el alma lo único que se permite es negociar los términos de la rendición de la autoestima. Ahora, en las sociedades modernas, el sufrimiento queda restringido a las roturas fibrilares de los futbolistas o a las quemaduras producidas por la depilación a la cera. Hablar de angustia son palabras mayores; es este un término reservado al resultado de las resonancias magnéticas de Cristiano Ronaldo o Messi. El dolor individual, el que no se visualiza y comparte, no es dolor: como mucho, misticismo. Para algunos voyeurs se creó Facebook, un lugar donde se puede trivializar el sufrimiento:
Muerte y vida me dan pena;
no sé qué remedio escoja,
que si la vida me enoja,
tampoco la muerte es buena.

El mobbing es en nuestra sociedad un miserable cuadro costumbrista, por desgracia cada vez más frecuente, interpretado por una especie de comando itinerante, al estilo de los visitadores de librerías del Santo Oficio, situado en empresas y colegios y cuya finalidad no es otra que la aniquilación psicológica y en muchos casos, física (bullying), de sus víctimas. Para ello, los acosadores tejen una especie de telón de acero de complicidades que impide la más mínima solidaridad emocional con el acosado, quien se ve obligado a ir trabajar o a estudiar vestido con cota de malla o chaleco antibalas.
Los acosadores – ese gang pesebril de cheerleaders- son herbívoros pastueños que rumian la desesperación de la víctima al calor de la cabaña y que obtienen el soporte material e intelectual a sus delirios, en el silencio cómplice del grupo y siguen, sin desfallecer, el olor feromonal de un instigador, acostumbrado, al parecer, al trato con sicarios. Allí donde la mezquindad encuentra una personalidad remarcable, una actitud, un currículum -por bueno que sea-, queda todo ello convertido en detritus, basura, si su poseedor no es adicto al crack de la mediocridad. Decía Lobo Antunes: “lo que más me cuesta de la obscenidad es su triste falta de imaginación”. Y yo me pregunto: ¿quién, medianamente normal, encuentra victoria en la humillación?
Esto es, exactamente, lo que le pasa a nuestro protagonista, un hombre que ha conseguido escribir la épica en que se ha convertido su vida, en prosa: es marginado por su brillantez, por su orientación sexual, por su savoir faire. Ha sido invitado, sin pedirlo, a ser protagonista de un reality de orgullo visceral y por ello, enferma de silencio. De él se podría decir, con otras palabras, algo parecido - y tan poco cristiano-, a lo que apareció escrito en las tapias del Palacio Real de Madrid, acerca de la mujer de Fernando VII, Isabel de Braganza: “fea, pobre y portuguesa. ¡Chúpate esa!”
¿Hay alguna alternativa, ante el mobbing? ¿a la disyuntiva de adaptarse o morir?, se preguntará alguien. Para algunos, como nuestro protagonista, está el refugio que proporciona la amistad de sus protectores –Celia y Veremundo- y la literatura del recuerdo nostálgico; para otros, hastiados de la lucha interior que implica tener el alma y la autoestima en la cárcel -¡qué fácil fue entrar y qué difícil resulta salir!- la alternativa inteligente, la única alternativa, es intentar un pacto con el diablo para poder decir, como Fausto: “ayúdame, oh demonio, a abreviar el tiempo de la angustia”.
Sólo falta crear, en este mundo globalizado, una Internacional del Mobbing (Mobbing sin fronteras) dado que ya poseen una auténtica jerga patibularia del hampa- lo que algunos autores han denominado como golfaray, el argot de los delincuentes y de las cárceles-, un pasado, un presente biodegradables y tan sólo les falta estandarizar los procedimientos de acoso y derribo, porque, como dijo Hobbes, “no hay poder auténtico sin ritual”. Hay menús de boda con menos delicatessen.
Hacer frente a lo anterior no es tarea fácil, y si no, que hablen los frenopáticos y las consultas de los psiquiatras. Es diagnosticado el protagonista como bipolar –mal, por cierto-, lo que no resulta extraño ni a los profanos, porque su fase maníaca dura menos que el verano en Vitoria. Por otra parte, no deja de ser un sarcasmo que a este trastorno algunos neurólogos y psiquiatras lo denominen como “humor bipolar”; vamos, como si fuera un Calippo, esa combinación, mezcla de angustia y soledad, que te hiela el alma.
Sólo la amistad, los amigos, pueden proponer a nuestro héroe una hoja de ruta que le permita recobrar su fortaleza, su autoestima. Una mezcla a caballo entre el tacticismo y el sentido común que le ayuda a poder hacer realidad aquella vieja tradición presbiteriana que rezaba: “ponte en pie y di tu parte de la verdad”
En ese camino está, en primer lugar, Celia. Un lazarillo que en la ONCE sería un perro guía, que ningunea su propia biografía y trata de clonar-sublimar sus sentimientos. Posiblemente es el mejor ejemplo del antihéroe, una especie de Quijote pasado por la poesía. Acompaña en este experimento que llamamos vida a nuestro protagonista a quien administra, en su desesperación y como último recurso, la extremaunción de la amistad logrando convertir en sueño sereno sus pesadillas. De ella podrían afirmarse los versos de Luis Alberto de Cuenca:
La tierra estaba seca.
No había ríos ni fuentes.
Y brotó de tus ojos
el agua, toda el agua.

Veremundo, perdóneme el autor de esta obra el símil, es un Sancho Panza surgido en un crisol, cuya personalidad parece una mezcla kitsch entre la legislación laboral del anterior Sindicato Vertical y el realismo de la Transición. Un rústico cuyo fuerte no es la sutileza y quien, posiblemente, no leería sin la ayuda de un logopeda la carta de un restaurante de lujo. Es una combinación de talento natural y mercedario en misión humanitaria en Argel; que conoce como nadie el sufrimiento del alma humana y ninguna tragedia le es ajena –lo vive a diario con su hijo-. Su Arcadia feliz, a la que aspira, es la paz de la rutina. Es la perfecta definición de un hombre bueno y por eso está predestinado a morirse pronto, haciendo buenos aquellos versos de José Ángel Valente:
Tal vez morir no sea más que esto, volver suavemente el cuerpo hacia el lado más puro de la sombra.
Ambos ayudan a nuestro protagonista en su reincorporación a la vida, principalmente en esos difíciles momentos del regreso a un trabajo donde reina una tensa y aséptica paz laboral construida bajo la piel menuda de la condescendencia, basada en el principio de que toda rehabilitación, en el fondo, no es más que la confirmación indecente de que algo ha dejado de ser peligroso. Una maldita tutoría dirigida por marcianos. El mejor consejo que le dan es: sigue respirando. El regreso, es el fin de la primavera. Como cantaba la Orquesta Mondragón:

No hay piedad
Para este perdedor
Que entrega sus armas
Aquí estoy
Que vas a hacer de mí
No seas canalla

Es tiempo de ir terminando, pero permítanme una última reflexión, ya que estamos en la Feria del Libro, en la plenitud de las alergias, sobre la incapacidad para la lectura y el olfato. No sé si la reflexión sobre esta minusvalía debiera ser objeto de un comentario, una tesis doctoral o, como poco, una vacuna. Dos de los hombres más importantes de la Hª contemporánea de España, dos de los hombres con más olfato, no leían. Uno era Suárez y el otro, Dios nos asista, el editor más importante de este país, de quien se decía que para adivinar la posibilidad de éxito de un original, en vez de leerlo, lo olía. Pidamos, como favor a la primavera, una rinitis piadosa que nos permita disfrutar de esta magnífica obra de Vicente, porque a ellos les hubiera dejado indiferente lo que Harry Mulisch, el autor holandés más traducido en España en la época en la que transcurre esta novela, afirmaba acerca de la lectura: “si hojeas los libros tienes siempre dos motivos para enfadarte. Si están mal escritos, porque están mal escritos, y si lo que lees es bueno, porque lamentas que no sea tuyo.” A mí me sucede, exactamente, lo mismo: me hubiera gustado escribir esta historia yo.
Adquieran, pues, un ejemplar de esta obra y vayan a disfrutarlo bajo las sombras del Retiro o en la soledad de su sillón. No se arrepentirán.

http://www.casadellibro.com/nosotros/evento-presentacion-de-yo-estoy-loco/13352










2 comentarios:

viejecita dijo...

¡ Qué gozada de presentaciones !
Voy a releer de nuevo el libro con muchas más ganas, ahora que sé como interpretarlo todo.
Pena de no haber podido estar
Un abrazo

PEDRO GPINTO dijo...

Pues con amigos así... la amistad es algo muy muy confortante.
Alejado de todos los mundanales, en espacio y tiempo, me parece que voy a hacerme con el libro de don Vicente.
Salud y suerte.
El abarzo.