martes, 2 de abril de 2013

No se ha hecho la miel para la boca del burro

Es sabido que para poder apreciar algo hay que haber cultivado antes esa aptitud. No disfruta lo mismo un cuadro alguien que tenga nociones de arte que otro que jamás se haya interesado por él.
La mejor obra de arte que se puede encontrar es el ser humano. Obviamente, para poder apreciarlo, hay que haberse interesado antes por este asunto, no por conocerlo como persona, sino como obra de arte. Es muy difícil llegar a conocer a alguien, puesto que cuando alguien, acuciado por las circunstancias, hace algo que se sale de lo común, por lo heroico, o desprendido, es el primero en sorprenderse de su acto. De modo que esa capacidad ajena hay que adivinarla, si se puede. En el caso propio, hay que desearla.
Son muchos los que repiten eso de que el ser humano es un fin en sí mismo y no un medio. Y, sin embargo, se ha puesto de moda decir: “me aportas mucho”, “no me aportas nada”, demostrando de este modo que consideran al otro como un medio. Ese comportamiento es propio de patanes, aunque a menudo lo llevan a cabo personas muy ilustradas.
Es muy difícil valorar a alguien. Ahora todo el mundo dice que Einstein fue un genio, pero en su momento algunos de sus profesores lo catalogaron como torpe o muy torpe; incluso familiares suyos pensaban así. Conocí a un sacristán al que se menospreciaba en su entorno laboral; fue capaz, en contra de lo que aconsejaba la prudencia, de armarse con una silla y acometer a un atracador más joven y más fuerte, que iba armado con una descomunal navaja. Con buen criterio, optó por irse, porque el asesinato no le proporcionaba nada.
Hay personas a las que se les nota que tienden a la mezquindad, o sea, ellas mismas renuncian a su posible grandeza. Quizá sean éstas las que tienen más costumbre de tratar al prójimo según la “utilidad” que se espera de él. Viene a ser lo mismo que dar la misma importancia al aroma de un buen vino que a la ventosidad de un jumento.

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