martes, 5 de mayo de 2015

Una médica en Facebook

Dos personas me pidieron amistad en la popular red social, un señor y una señora. Las acepté, como es mi costumbre. Con el señor tenía más de veinte 'amigos' en común y con la señora menos de cinco. Estas cosas siempre dan una pista, porque según quienes sean esos amigos se puede hacer uno la correspondiente composición de lugar.
En cuanto fue aceptado, el señor se interesó por mis publicaciones, así que fui a ver las suyas, que me gustaron. A continuación quise ver algo de ella, de la que ya sabía que es médica y que reside en cierto lugar. Y vi que me había bloqueado. Anteriormente, yo ni siquiera sabía que existía esa persona, de modo que me pidió amistad para que yo sepa que me odia. ¡Cielo Santo, qué espanto!
A lo largo de mi ya dilatada existencia no había conocido más que palabras de aliento, de cariño o de amor. Ante la novedad, pensé que eso de que alguien me odie debía de ser lo que llaman un baño de realidad. Al fin podía comprenderlo.
A pesar de mis esfuerzos por comprender que esas cosas son normales, no me quitaba la obsesión de la cabeza. Me encontraba mal y fui al médico y resultó que era ella. Vi salir de su cuerpo un monstruo con cuernos y rabo y patas de cabra que reía sardónicamente. Me recetó algo que me tenía que hacer mal, pero como yo no lo sabía me lo tomé. Días después me encontraba peor y volví al médico y ella me miró y me dijo que tenía gangrena en una pierna y que había que cortarla inmediatamente. Me miré la pierna y no veía ni notaba nada, pero ella ya tenía un serrucho en mano y comenzó a cortármela. Yo profería alaridos de dolor, sin que ella se inmutara, y cuando terminó de cortarla la echó en una trituradora y a continuación, y como por arte de magia, apareció un hierro candente en sus manos y me cauterizó la herida, sin que yo dejara de gritar en ningún instante.
Me dijo que me fuera, porque tenía más pacientes y traté de salir a la pata coja, pero me caía cada vez que lo intentaba. Ella me daba prisa y los pacientes de fuera me miraban mal, porque tenían prisa. Arrastrándome por el suelo logré salir. Pensé que me costaría mucho tiempo llegar a casa, pero me desperté y supe que había tenido una pesadilla.
Me vestí y salí a la calle, y al rato me di cuenta de que iba a la pata coja y todos me miraban. La otra pierna estaba en su sitio, encogida.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Ja ja, si que me has hecho reir, Vicente. Eres increiblemente bueno.
Un abrazo,

Anónimo dijo...

Vicente, me he mosqueado al leer: "A lo largo de mi ya dilatada existencia no había conocido más que palabras de aliento, de cariño o de amor."
He pensado este relato no puede ser real. Muy bueno lo de salir a la calle cojeando, hasta los sueños se pueden somatizar.
Un abrazo
Magister.

Anónimo dijo...

Vicente:
Gracias, estuvo divertida la lectura...

Que sigas recibiendo gestos de afecto por siempre.
Anna Teresa