lunes, 1 de junio de 2020

La Transición vista por mí


La cuestión no es hacer un laudatorio, ni una crítica de Franco, sino hacer constar algún detalle suyo, porque es necesario para el caso. Si algo no se le puede negar es que era muy despabilado (de despabilar, quitar el pabilo a la vela para avivar la llama). Hay que desmontar algún que otro mito: Franco no tenía ningún interés en que su régimen perdurase tras su muerte, sino que su finalidad se circunscribía a su propia supervivencia. Sabía, porque de algunas cosas procuraba estar muy informado, que el entonces príncipe Juan Carlos no reunía las condiciones para gobernar como él lo venía haciendo, por lo que la única opción posible era la democracia. Torcuato Fernández Miranda escogió a Adolfo Suárez para la tarea de desmontar el régimen franquista, como paso previo indispensable para instaurar la democracia. Adolfo Suárez Illana, con fecha 18/09/05, publicó un artículo en el diario El Mundo titulado El espíritu de la Transición, que también está en su web adolfosuarezillana punto com, en el que dice que Juan Carlos I y su padre diseñaron en 1968, en Segovia, el proceso de la Transición, con todos los pasos a dar milimetrados.
Paralelamente, Felipe González y Alfonso Guerra se iban haciendo un cartel en el PSOE. Tal es el caso que en una entrevista que le hicieron, de la que solo tengo el recuerdo que viene a continuación, Felipe González contó que en una comisaría a la que le llamaron a declarar, el inspector de policía le dijo: «Isidoro (era el nombre de guerra que usaba durante el franquismo), usted algún día será muy importante». Pero lo contó como si el policía se hubiera dado cuenta de sus grandes cualidades, mientras que cualquier persona sensata entiende que tenía órdenes de no molestarlo, de lo cual el guardián de la ley sacó sus conclusiones.
Posiblemente, Torcuato Fernández Miranda pensó que era más conveniente que el PSOE estuviera dirigido por estos dos jóvenes ambiciosos, que por Rodolfo Llopis, con el que seguramente habría sido imposible llegar a un acuerdo para el cambio de régimen político.
Algunos interpretan, con muy mala intención, que el sistema político en el que nos desenvolvemos en la actualidad es heredero de aquel. Eso no es cierto y, además, no puede ser.
Lo que ofreció Adolfo Suárez a Felipe González fue un cambio total de régimen. Si este último hubiera tenido la grandeza de espíritu que demandaba la situación, que sí tuvo su proponente, habría captado enseguida que estaba ante una oportunidad única. En este caso, se podría haber establecido un marco legal para que los españoles vivieran en paz en lo sucesivo, en torno a los altos valores democráticos, es decir, el respeto al prójimo, el afán de justicia y el amor a la libertad. La única imposición que hubo fue la de la Monarquía como forma de Estado, lo cual ha sido una suerte a la vista de los acontecimientos posteriores. Cabe añadir que los problemas que ha podido generar la monarquía han venido dados, en general, por el ansia de casi todos los políticos y de casi todos los periodistas de proteger a Juan Carlos I de la opinión pública, lo que llevó a silenciar sus correrías y actividades de cualquier tipo, lo que a la vista está que generó en él una sensación de impunidad que a la postre acabó perjudicándole y poniendo en peligro la propia institución monárquica.
Llegado el momento, Felipe González y Alfonso Guerra, imbuidos de un sentimiento de superioridad moral, totalmente fuera de lugar, pero que nunca les abandonó, y convencidos de que poseían una inteligencia superior, se negaron a colaborar. Tuvo que ser Santiago Carrillo, más pragmático y con una visión de la realidad mucho más ajustada, quien tuvo que convencerlos. Lo que pretendían aquellos dos era imposible y muy peligroso. Podría haber desencadenado una catástrofe.
No hay que olvidar que si hubo guerra fue porque el gobierno de la República no hizo nada por evitarla. Algunos dicen que los responsables de que sucediera fueron Largo Caballero y Mola, y que Franco se unió a la contienda cuando ya era inevitable. Lo cual seguramente sea así, pero sin olvidar que la responsabilidad mayor, porque tenía el poder, es del gobierno. La consecuencia fue una larga dictadura y quizá eso fue un mal menor.
Terminada la dictadura con el fallecimiento de Franco, se ofrecía la ocasión de abrir un nuevo periodo de paz y reconciliación. Así lo entendió Adolfo Suárez y esa era, implícitamente, la oferta que les hizo a los demás actores políticos.
Pero la especie humana es cainita y llena de sentimientos de venganza y revancha. Nadie se paró a pensar que los perdedores de la guerra fueron todos los españoles, porque todos tuvieron que sufrir la dictadura y todos los idealistas, que mantuvieron los ojos abiertos, vieron como sus ideales caían con estrépito, porque en este tipo de régimen no hay ideales que valgan. Los hubo que en ese periodo aumentaron sus patrimonios, pero muchos de ellos luego se declararon de izquierdas. Todos los que albergaban alguna ambición, salvo en los últimos tiempos, se acomodaron al Régimen.
El caso es que se presentó la oportunidad de comenzar una época nueva y no fue aprovechada. Los socialistas prescindieron de sus ansias de venganza, aunque quedaron latentes, pero nunca aceptaron como iguales a los políticos de UCD, y mucho menos a los de Alianza Popular. Quizá llegaron a darse cuenta de que en esos momentos tenían las de perder. No obstante, en la redacción de la Constitución fueron los más determinantes. Conviene explicar esto. Adolfo Suárez organizó la Comisión Constitucional con mayoría de miembros de UCD, pero al final no había más remedio que aceptar los postulados del PSOE, en algunos casos inamovibles. La redacción de la Constitución debió haber sido una búsqueda en común de las mejores vías para la convivencia de los españoles y, en lugar de eso, fue un mercadeo, un modo de contentar a todos, un ceder aquí para obtener allí. Los nacionalistas eran irrelevantes a la sazón, pero el PSOE quiso darles alas, porque se habían procurado una pátina de antifranquismo, lo cual hacía que los viera como demócratas, cuando el nacionalismo es incompatible con la democracia. Este detalle es el que luego ha gangrenado toda la democracia española, porque permitió que los nacionalistas crecieran y crecieran.
También hay que tener en cuenta los escasos hábitos democráticos de los españoles y la facilidad con que las derechas se dejaron acomplejar por las izquierdas. Es decir, la democracia española comenzó a andar con mucha ilusión, pero sin un vehículo firme que la respaldara. A los españoles no se les dijo que la condición de demócratas la tenían que ganar y demostrar día a día.
Hay que ponderar la labor de Adolfo Suárez, que tuvo que tomar decisiones difíciles a diario, soportando presiones y amenazas, con el apoyo de muy pocos, y, por supuesto que no de Juan Carlos I, que pretendía pasar como el motor del cambio y dejarlo a él como mero instrumento suyo. Adolfo Suárez demostró ser el más demócrata de todos, el que más riesgos corrió para traer la democracia y para defenderla, el que más esfuerzos hizo para conservar y defender la dignidad del gobierno de los españoles frente a todos los poderes fácticos, frente a todos los títeres de los poderes fácticos.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Un texto muy necesario.

Unknown dijo...

Totalmente de acuerdo. Gracias Vicente,