Estamos absolutamente compartimentados, y además somos gregarios. Nos debemos a nuestros aprioris, a los que somos absolutamente fieles, como si lo merecieran. Según nos hacemos adultos, asumimos un perfil al que creemos deber algo. Y ese perfil conlleva una serie de adhesiones inquebrantables. Lo hacen incluso aquellos que cacarean su independencia e individualismo. O especialmente ellos.
Por ejemplo, si eres de izquierdas, las probabilidades de que te tiemble el pulso antes de hablar mal del Islam son muy altas. Serás incapaz de leer o escuchar una crítica al mismo sin exclamar al momento: "¡ y el cristianismo, lo mismo!", manteniendo una perfecta equidistancia, no vaya a parecer que mi discurso es xenófobo, colonialista, eurocentrista o racista. Aunque no venga a cuento, aunque no sea verdad, lo harás porque va en el pack. Piensas que si no lo haces así, la gente de derechas (a la que llamarás posiblemente "la caverna") opinará como tú, y eso no puede ser. Si por el contrario eres de derechas, defenderás igualmente cuestiones que ni siquiera razonas, porque decir lo contrario te parecerá hacer el juego a la izquierda, a la que llamas posiblemente izmierda. Por ejemplo, no creerás en el calentamiento global, y si los datos son agobiantes, no creerás que es antropógeno. Tendrás tendencia a creer a los torturadores de datos que presentan la evolución de las temperaturas como si no existiera calentamiento. Tampoco creerás que el sexo y el género pueden estar en disonancia, a pesar de las pruebas psicológicas, estudios y documentos que te muestren que la situación real es muy otra, y que sí, hay personas atrapadas en un sexo que no es el que sienten que les corresponde. Porque va en el pack. En el asqueroso pack que debes tomar entero, tragarlo íntegro, de manera monolítica y acrítica.
Y no estoy hablando de extremistas, de excrecencias de pensamiento tales como los integrismos religiosos que inhabilitan a sus rehenes a entender el heliocentrismo, la evolución o la edad de la tierra. Hablo de gente común, de buena gente común, gente como tú y como yo, que nos creemos que debemos algo a un perfil que otros han construido para nosotros y lo hemos aceptado contra el sentido común, contra la evidencia y contra la decencia.
domingo, 2 de septiembre de 2018
| [+/-] |
El Pack |
miércoles, 22 de agosto de 2018
| [+/-] |
Efecto Franklin y costumbres no adaptativas |
Benjamín Franklin se dio cuenta de que para conseguir la amistad de una persona lo mejor era conseguir que te hiciera un favor en lugar de hacérselo tú a ella. La perspicacia del sabio norteamericano fue enorme: si consigo que alguien me haga un favor, esa persona se justificará a sí mismo a posteriori autoconvenciéndose que se soy un buen tipo, y por eso lo ha hecho. Así, además de hacerme un favor, he ganado puntos sus ojos. La variante opuesta es más perversa: metabolizamos mucho más fácil el hecho de haber hecho daño a alguien si nos convencemos de que se trataba de un miserable que en el fondo se lo merecía.
Ese efecto Franklin se produce también cuando invertimos mucho tiempo y energías en una idea: "si lo hemos hecho será porque la idea era buena y valía la pena", nos susurra al oído la disonancia cognitiva. Esto nos somete a un bucle realimentado del que es difícil salir. Naturalmente, la idea en cuestión perfectamente puede ser una porquería, pero nuestra pretérita dedicación nos impedirá ser críticos con ella. El prototipo del personaje racionalmente irrecuperable tras haber sido devorado por una teoría aberrante a la que ha dedicado ímprobos esfuerzos como autodidacta es de todos conocido.
Lo que vale para individuos en este caso vale para sociedades enteras: costumbres profundamente antiadaptativas han podido ser adoptadas por determinados motivos que fueron buenos en su momento, y continuados por simple tradición. La desaparición del motivo inicial hace que sea necesario explicar la continuidad de la costumbre... Y entonces vuelve el efecto Franklin al ataque, susurrando: "debe haber un gran motivo para seguir haciéndolo, no podemos ser tan tontos". Y comienzan las justificaciones de lo injustificable. Seguramente un sinnúmero de aberraciones culturales deben su existencia a este proceso. Hay algún caso muy bien documentado: entre los nuer y los dinka de Sudán existía la costumbre de extirpar los incisivos inferiores de los adolescentes debido a un episodio de tétanos en dicha población. La contractura mandibular asociada a esta enfermedad impedía la alimentación de los enfermos, motivo por el que se procedió a la citada extirpación, para facilitar la entrada de alimento semilíquido. Cuando la enfermedad remitió la costumbre era ya ley... y se siguió practicando. A la postre, a los nuer y a los dinka les gustaba la estética sin incisivos inferiores, y entendían que era muy atractiva la defectuosa pronunciación que propiciaba. Simultáneamente se obviaban los evidentes problemas que ocasiona a la inexistencia de los citados incisivos para la alimentación normal.
Y es que no es lícito pensar que cualquier característica cultural, por el hecho de existir, es respetable por ser adaptativa. De hecho, puede ser profundamente antiadaptativa y aberrante. "Son nuestras costumbres, y deben ser respetadas" es una petición desmesurada; y éticamente inaceptable. La disonancia cognitiva no es buena consejera, y el conocimiento de su existencia al menos nos avisa del peligro. Peligro que es más fuerte cuando nos autojustificamos, individual y colectivamente al respecto de nuestras tradiciones, porque antes se ve la paja en el ojo ajeno...
viernes, 10 de agosto de 2018
| [+/-] |
ENTRE TODOS LA MATARON, Y ELLA SOLA SE MURIÓ |
Cierto amigo está en Venezuela
visitando a su familia en estos momentos tan duros que vive el país hermano. Le
preguntamos cómo encuentra la situación allí, si es cierto eso de que en
Venezuela necesitas mucho dinero para poder comer lo normal. Nos responde:
“Es cierto. Al cambio no es nada, porque 1€
está como a 4.000.000 Bs (bolívares). Lo que pasa que el sueldo mínimo son
7.000.000 Bs , y una cerveza es sobre 1.000.000, y una comida fuera en cualquier
lugar de comida rápida (por poner lo más cutre) pasa de los 5.000.000 (más de
un 50% del sueldo mínimo). Por ejemplo, en “ Pollo Graduado” (una franquicia
alimenticia) son 9.260.000 Bs el menú de 7
piezas de pollo con arepitas y bebida, lo cual es más que el sueldo mínimo.
Un kg de queso son 7.000.000 Bs, uno de pollo
6.000.000 Bs, la leche se coge de ordeña cruda y se hierve en casa, las frutas y
verduras muchas se crecen en la propia casa si puedes, las colas para la
gasolina son enormes y muchas veces se quedan sin los surtidores, pero en
muchos lugares ya ni te cobran porque con los 200 Bs que cuesta llenar el carro
entero no hacen nada, un refresco es sobre 1.500.000 Bs... Y las cosas no se
encuentran. La gente está sacándose pasaporte para ir de país en país como
turista, agotando el tiempo máximo que se deja con esa visa, para trabajar
ilegalmente en trabajos temporales durante ese tiempo y luego poder volver con
algo.”
Para el final, lo más
espeluznante:
“Ya no ves animales caseros (gatos o perros) en las calles de las grandes ciudades
ni pájaros porque la gente los mata para comérselos y los que cuidan fincas se
mueren de hambre.”
Esta es, amigos, la situación exacta de Venezuela a día de hoy, vista directamente por una persona concreta con sus propios ojos, estos días de agosto de 2018, esto es lo que nos cuenta a sus amigos. Esta es la verdad.
Mientras tanto, nos devanamos los sesos en las redes sociales defendiendo unos, sin el menor atisbo de duda, que la culpa es del feroz capitalismo y sus tácticas de desabastecimiento programada de castigo, y otros (también sin el menor atisbo de duda), que la culpa es de un trasnochado marxismo impuesto por la fuerza; nos debatimos entre interpretaciones interesadas para denostar a nuestros rivales políticos, y lo hacemos apuntando al culpable, claramente identificado por todos, pero siempre distinto en cuanto cambias de interlocutor.
Otro amigo, conocido por su laconismo y sabiduría, concluye:
La verdad desnuda es que lo de Venezuela es, en este momento, una catástrofe económica, social y humana, seas de derechas o de izquierdas.
Nos dolemos con Venezuela y con sus ciudadanos, más allá de hermenéuticas interesadas y les mandamos un abrazo fraternal.
Jesús M. Landart
viernes, 27 de julio de 2018
| [+/-] |
Arrogante Pérez-Reverte |
Tanto presumir de viajes, tanto presumir
de haber estado en guerras, tanto interés en aparentar sensibilidad
y sutileza, tanta chulería, tanta arrogancia, total para esto:
La vida nos lo pone todo ante los ojos,
pero la mayor parte de las cosas no las vemos o tardamos mucho en
verlas, porque no queremos o porque no hemos sabido agudizar la
vista. La petulancia y la chulería no ayudan a mirar con
perspicacia. No es necesario asistir como espectador a una guerra
para vislumbrar la maldad humana. Todos la tenemos muy cerca y no
digo más.
Podría pensarse que si me ha bloqueado
en Twitter, ese territorio cenagoso, es porque ha leído esto,
pero no, porque ni siquiera debe de haberse enterado y porque
posteriormente le mandé un tuit, cuyo contenido no recuerdo, sobre
alguna cuestión que trataba él en ese momento y que ni siquiera me
contestó, motivo por el que se me ha olvidado. Hace unas pocas
semanas, cinco, seis o siete, vi un artículo suyo en El Semanal, en
el que figuraba la palabra ‘élite’. Le volví a mandar un tuit
para recordarle que Fernando Lázaro Carreter explicó en ‘El dardo
en la palabra’ que elite es una palabra llana y que, por tanto, no
lleva tilde. Tampoco esta vez recibí ninguna notificación en mi
correo de que me hubiera contestado. Hace poco supe, por las noticias
que dan otros medios, que estaba discutiendo sobre el aborto con otro
tuitero y quise añadir uno de los artículos de Julián Marías,
padre de su amigo del alma Javier Marías, sobre la cuestión. Y es
cuando vi que me ha bloqueado. Lo primero que me vino a la cabeza es
la canción Cartagenera, de Los 3 sudamericanos. Pero deseché pronto
la idea. No me va.
He de aclarar que no es el primer
personaje público (también son personajes públicos Colau y Torra) que me siega, metafóricamente, la cabeza.
lunes, 23 de julio de 2018
| [+/-] |
Presentación en Madrid del libro '2016. Año bisiesto', de Vicente Torres. |
Durante casi dos meses he estado arrastrando una deuda pendiente; la que contraje con Vicente de subir a "Vientos" el texto de la presentación que hice de su libro "2016 año bisiesto" en Madrid. Por fin encuentro la ocasión y los medios, así que espero que Vicente pueda colgar de nuevo la escopeta encima de la chimenea.
Hay ligeras diferencias con cómo fue la presentación de viva voz; uno no puede simplemente leer como un papagayo y al leerlo siempre suena diferente que al escribirlo, y algo se cambia, pero en esencia aquí está:
Buenas tardes a todos.
Hoy
vamos a presentar el último libro publicado por Vicente Torres, que
es este señor que se sienta aquí a mi lado y cuya foto sale en la
contraportada. Cabe la posibilidad de que ustedes hayan venido aquí
interesados en el libro, en el autor o en su obra, así que todo esto
les sobra porque ya se lo saben.
Pero
si han venido casualmente a refugiarse a esta sala porque el clima
fuera les ha empujado, o porque (llevo un rato sin salir) fuera hay
una invasión alienígena o similar, debo decirles que Vicente es
valenciano, periodista y escritor, autor de varios libros y
colaborador habitual de Periodista Digital.
Yo
soy Pablo de Enrique, amigo suyo desde hace varios años, y se ve que
los amigos se le van acabando porque en estos momentos estoy yo, y no
otra persona, presentando este libro. No tengo experiencia literaria
más que como inveterado lector, ni méritos personales dignos de
ponerse en un currículum, no soy político, ni escritor, ni tengo un
blog de éxito, aunque Vicente hace muchos años que me conoce y
estoy seguro de que ha sido una decisión meditada y no desesperada.
Aunque cabe la posibilidad de que después de hoy ya no se atreva a
que nadie le presente libro alguno.
El
caso es que el libro que queremos presentar hoy, "2016 año bisiesto",
es un libro peculiar. No es una novela ni
un ensayo sobre un tema concreto, sino una colección de pensamientos
ordenados como un diario con 366 entradas, las correspondientes a los
días de un año bisiesto, como fue 2016.
Estas
entradas (y se lo he preguntado) no se corresponden con actos
concretos de esos días. Vamos, que si en una entrada alguien lleva
bufanda no es porque ese día hiciera frío, sino porque las bufandas
tapan bocas y cualquier día del año es bueno para que uno se calle,
o le animen a callarse. Salvo el 29 de
febrero que estoy casi convencido de que es la causa inicial de que
este libro exista. Poder felicitar el cumpleaños de Pedro Sánchez a
lo grande. :-P
Las
entradas tampoco se limitan a 2016, dado que citan hechos también
muy anteriores. El año y los días sólo son un marco literario.
No
es un formato nuevo en la obra de Vicente; el “Diario de un
escritor naif” tiene una estructura similar, aunque como él mismo
dice en la contraportada de esta obra, “2016” es menos anécdota
y más pensamiento. Otros libros suyos son recopilación de
artículos, como “Valencia, su mercado central y otras
debilidades”.
En
esta obra se apoya ocasionalmente en textos de algunos amigos y
conocidos, y en citas de prensa y pequeños fragmentos literarios que
facilitan a Vicente acomodar en el libro
los diferentes temas que va introduciendo para nosotros. Tampoco
es la primera vez que participa en colaboraciones, como con “Palabras
para Ashraf”.
Uno
de esos textos es mío. Me ha tocado el
24 de noviembre, fecha en la que tras mirar un poco en las
hemerotecas llego a la conclusión de que no pasó nada, pero es
el día en que toda la prensa se hace eco de la muerte de Rita
Barberá, el día anterior. Es difícil tener más competencia. Otras
colaboraciones son, por el ejemplo, el 28 de marzo de Jesús Landart,
amigo común sobre la hipóstasis. O el 10 de abril, de
Javier Aguado sobre
los jarrones chinos. Javier Guardiola,
notario mendozino con raíces
valencianas habla el 7 de junio sobre
la militancia, usando a Séneca como punto de partida.
Otros amigos como Toni
Solano o Carlos Blanco asoman también más de un día.
Las
entradas de este diario no son, como estamos diciendo, casuales. Son
completamente intencionadas.
Algunas,
como estas aportaciones de amigos que mencionamos, no tienen nexo en
común. Pero para eso ya se encargó Vicente de seleccionar sus
entradas y sus recuerdos. Y no tarda uno nada en darse cuenta de que
este libro tiene tema, o temas. No es un recuento de lo sucedido, no
es un diario, sino que es una presentación de las cuestiones que
siempre le han interesado, metidos en entrepán, que es como más
fácil se da a comer la sustancia. Pequeños trozos de unas pocas
líneas de ideas compactas, rodeadas de alguna anécdota ligera para
que sean más sencillas de tomar con la mano y morder.
Para
su castigo, citaré el 21 de junio, donde Vicente dice que “cada
palabra que se dice limita la libertad de movimientos en el futuro”.
Buenos grilletes te pones, Vicente.
Los
temas del libro se resumen con facilidad. Valencia, la educación y
la inteligencia, la deslealtad, el desprecio y ETA. O el bien y el
mal, lo que ustedes prefieran, aunque este último resumen es banal,
porque ¿acaso es posible escribir sobre otra cosa?
Política
también, por supuesto, pero eso es repetirme.
Algunas
entradas de diario no dicen nada, pero obligan a buscar. ¿Quién es
el Conde de Aresti, mencionado el 15 de marzo, y qué listón es ese?
Otras
son consejos. El 24 de enero, por ejemplo. 11 de febrero. “La
sabiduría...”
Unas
cuantas entradas describen lugares y personas que existieron alguna
vez pero ya no, porque casi todas las descripciones son en el pasado.
Nostalgia, supongo. Las personas son muy a menudo anónimas, pero los
paisajes son siempre valencianos, así que voy a suponer que las
personas también.
Algunas
entradas valencianas tocan el catalanismo, inevitable. Y Joan Fuster,
que se lleva una buena ración de toques.
Y
no deja de ser interesante orgullo valenciano recordar, el cinco de
mayo, que Valencia tuvo durante tres siglos y medio el mayor
prostíbulo de Europa. Y al día siguiente la triste discriminación
que sufrían en su acceso los que no eran cristianos. Se ve que a los
moros y judíos hacía falta salvarles del pecado. Supongo que para
compensar también habla del café de España, también de Valencia,
como café más lujoso de Europa. Algo había que hacer por las
tardes.
También
hay bastantes días en que se recuerda a las víctimas de ETA. Me da
la impresión de que son algunas de los más sentidos de Vicente. La
mención al conde de Aresti del 15 de marzo o la cadena del 4 al 6 de
junio, por ejemplo, pero no se puede pasar muchas páginas sin
encontrarlas.
Pero
la gran mayoría se centran en el dolor de la injusticia, la
deslealtad, la traición o el desprecio a los demás. Es el tema más
frecuente de las entradas del libro, incluso de las que quieren decir
otra cosa, Valencia, la educación o ETA.
2
de marzo o el 3 de agosto, el bien y el mal, 13 de junio, el
desprecio. Hay unas cuantas sobre lo que hacen algunos que se sienten
mejores que los demás, y que pueden permitirse imponerse por su
posición de poder. Un cardenal, el 29 de octubre (no parece, por
cierto, que la iglesia sea santo de su devoción). El 20 de octubre,
el 12 o el 13 de agosto.
A
veces tenemos pequeños ciclos, como cuando del 8 al 10 de marzo se
habla de Cela y Dominguín. Curiosa unión. O de Cervantes (que
aparece varias veces a lo largo de la obra) los días 29 y 30 de
marzo. Y un pequeño ciclo femenino del 5 al 8 de abril. O
digresiones un poco más largas como el extracto de entrevista del 14
de abril.
La
cadena de 27, 28, 29 y 30 de abril comienza con las palabras que ya
se han hecho tan famosas de Jordi Pujol de “el hombre andaluz no es
un hombre coherente, es un hombre anárquico”. Desde luego la
política no falta en estas páginas, sobre todo porque si el hilo
conductor del libro es la deslealtad y el desprecio, difícilmente
podría evitarse.
Buena
parte de este libro es amargo. No podría ser de otra manera. Los
pensamientos de muchos de los días de este año bisiesto los
protagonizan personas que traicionan y decepcionan, que derrochan
cualidades que podrían utilizar para algo mejor. Eso cuando no son
directamente dañinos y malvados. Psicópatas en un mundo orwelliano.
Menos mal que de vez en cuando se entremezcla la anécdota suave y el
recuerdo, pero no se si no es peor porque así facilitan el trago de
lo que en realidad no es aceptable.
Reto a Vicente a que su
próxima obra sea, en compensación, una comedia.
Terminaré
esta presentación con una entrada de autoayuda, que también hay.
Los consejos del 28 de junio son prácticos. Recomiendo al público
la práctica del uno y el tres. Yo voy a practicar el sexto, y me
callo ya mismo.
Muchas
gracias.
domingo, 24 de junio de 2018
| [+/-] |
Motivos para el desconcierto |
Hay quien muestra su maldad sin pudor
alguno, aunque cabe la sospecha de que quien lo hace piensa que es un
gesto de superioridad. Algunos necesitan sentirse superiores. De
cierto elemento piensan muchos que es sosegado y reflexivo, pero en
cambio quienes se han fijado bien saben que se lo llevan los demonios
y necesita desviar su atención hacia otros.
Estoy leyendo el libro ‘Necesidades
emocionales’ de Carmen Cayuela y aunque aún no lo he terminado
puedo anticipar ya que sirve perfectamente para analizar el
comportamiento de los demás y de uno mismo. No hay mejor modo de
conocerse uno mismo que investigando al prójimo y de ahí que el
personal se conforme tan fácilmente con los estereotipos, porque eso
le exime de profundizar en el conocimiento de sí.
Cierta persona demuestra continuamente su
caudal de conocimientos, lo cual le sirve para ser catalogado como
racional. Y sin embargo vive esclavizada por sus sentimientos y esa
exhibición continua de su erudición es una pantalla con la que
oculta su vulnerabilidad emocional; si se le explica a otra persona
que en cierto lugar, exceptuando a uno, todos hacen la pelota y a ese
que es la excepción se le considera el malo es capaz de explicar por
qué ocurre eso y por qué el señalado debería hacer también la
pelota y a continuación dice que se considera a sí mismo como
racional. Un doctor en Filosofía cuenta que se ha apartado de unos
amigos, pero lo equilibra alegando que se ha acercado a otros. Si es
para esto para lo que sirve la filosofía...Otros que por su forma de
hablar dan a entender que tienen un alto concepto de sí mismos no
tienen reparo en faltar a la palabra que han dado, en incumplir sus
compromisos adquiridos, en defraudar a quien confió en ellos.
Es una evidencia que la exhibición de
buenos sentimientos que caracteriza a nuestro tiempo no se
corresponde exactamente con los hechos. O sea, algunas veces sí.
jueves, 10 de mayo de 2018
| [+/-] |
Los dioses vuelven locos a los que quieren perder |
Es comúnmente aceptado que hablar con
corrección es respetar al prójimo. Y así es por lo general,
quienes hablan o escriben sin esmero, ni cuidado, demuestran con ello
que la opinión ajena, por fundada que esté, no les afecta. Pero
tampoco hay que tomar las cosas al pie de la letra, siempre hay que
examinar caso por caso y averiguar si es descuido o falta de
instrucción.
Digo esto porque, como todo el mundo debe
saber, hay personas que no tienen ningún dominio de la gramática ni
de la sintaxis, pero se ve que se esfuerzan en hacer las cosas del
mejor modo que pueden. Esta observación queda confirmada al advertir
en ellas que también se esfuerzan en ser educadas y cordiales. Y
entonces recordamos a esas otras que sí dominan todos los secretos
del lenguaje, pero son tremendamente egoístas y carecen por completo
de curiosidad hacia el prójimo, que sólo les interesa si les
resulta de alguna utilidad. De modo que cabe preguntarse si su
ilustración les sirve para profundizar en su humanidad o en su
bestialidad.
Lo mismo ocurre con esas otras personas
que se presentan como muy sensibles y capaces de captar cualquier
matiz en las artes o en la vida y de pronto se quitan el disfraz y
nos muestran su sectarismo. Nadie tiene la obligación de acertar en
sus ideas, sino tan solo que sean legales. No es lícita la idea de
recurrir a la guillotina, o de desear una dictadura, pero dentro de
la democracia el campo es suficientemente amplio. Por tanto, quien
desdeña al prójimo por sus ideas es porque respeta a ningún ser
humano. También los hay que necesitan hacer daño a alguien, hoy a
este, mañana a aquel, pasado mañana a otro. Se proveen de
coartadas, una, dos o cinco. Basta con fijarse en Otegui para ver la
facilidad con que se consiguen. Una vez pertrechados con ellas ya se creen
con derecho a hacer el mal.
El narcisismo prolifera hoy en día.
viernes, 27 de abril de 2018
| [+/-] |
Una semana de abril |
El día 23, día de San Jorge, hubo un
homenaje a los donantes de sangre. El mundo se divide en dos. El de
quienes dicen que dar sangre es santo y encomiable y el de quienes
dan sangre.
Un donante sabe que todos, incluso
quienes le atacan con más saña o le miran con el más profundo
desdén, son posibles receptores y que aun en el caso de que esa
posibilidad se haga efectiva no se lo van a agradecer, sencillamente,
porque no está en su naturaleza.
Dos días después tuve que tratar con un
especialista muy cualificado, el cual tuvo a bien informarme de que
en su profesión abunda la maldad. ¡Si sólo fuera en su profesión…!
Pero para desesperación de Satanás, incluso esa gente mala ha de
hacer el bien en el desempeño de su profesión.
Y al día siguiente, el comienzo de la
Feria del Libro de Valencia, en la que no sólo los libreros exponen
de entre sus existencias los libros que piensan que tienen más
salida y los escritores presentan los suyos, también hay personas
que acuden a exhibir su odio o desprecio al prójimo. Se entiende que
ciertas personas vulgares, cuya especialidad es el cálculo
interesado y el arte de dar coba sea incapaz de profundizar en la
cordialidad, que es una certera medida de la capacidad humana. No les
preocupa ser injustas con un tercero, o perjudicarle, sino que es muy
posible que disfruten con esto último. Pero, como comenté con un
amigo, que ciertos personajes de un talento fuera de duda y un bagaje
cultural extraordinario muestren de modo inequívoco que están
poseídos por el odio es descorazonador. Tanta inteligencia y tantas
lecturas no les han servido para darse cuenta que un ser humano que
se precie ha de ser dueño de sí mismo.
sábado, 24 de febrero de 2018
| [+/-] |
Las moscas van a los ricos |
A nadie le extraña que las moscas se
agolpen en torno a los ricos. A los pobres, sean cuales sean sus
méritos, por lo general, se les da limosna.
Lo dijo algún pensador: si en lugar de
los resultados se tuviese en cuenta el esfuerzo de cada uno, nos
llevaríamos muchas sorpresas. Con anterioridad lo había dicho
Cervantes: más vale merecer que alcanzar.
Sin embargo, son pocos los que piensan y
muchos los que actúan instintivamente, incluso los hay de estos
entre los que presumen de pensadores. Los hay que diseccionan lo que
sea y actúan como las moscas.
Entiéndase la palabra ‘ricos’ como
sinónimo de poderosos. Aunque no todos los ricos sucumben al influjo
del poder, creo que sí lo hace la mayoría. Aunque sea tan
inteligente como Juan Roig, el dueño de Mercadona, que se cree
capacitado para hacernos hablar catalán a los valencianos. Pero no
todos los poderosos son ricos, también los hay que tienen algún
predicamento, alguna ventaja sobre los demás que impulsa a muchos a
tenerlos como jefes de sus manadas.
Un poderoso tiene que comportarse de
forma arbitraria y con prepotencia. Si no lo hace así pierde el
favor de su público. Al actuar de forma arbitraria admite su derrota
en esa lucha vital de cada uno consigo mismo. Esto es lo que hace que
las moscas, los numerosos enjambres de moscas, lo reconozcan como uno
de los suyos, le aplaudan y le vitoreen.
Si tratara de actuar de forma coherente,
de acuerdo con unos códigos de vida y ajustado a la razón a todas
esas moscas comenzaría a resultarles incomprensible, le volverían
la espalda y dirían de él (o de ella) que es un amargado (o
amargada).
De todo esto se infiere que el arte de
vivir es muy complicado y que a poco que te descuides quedas excluido
de todas las listas, de todos los grupos, de todos los infiernos.
jueves, 15 de febrero de 2018
| [+/-] |
El barco, por Enrique Senís-Oliver |
Una inusitada claridad en esta parte del
barco nos muestra la belleza del mar, con su continuo oleaje, su
espuma, su misterio, su peligro. Negros nubarrones ocupan la otra
parte, hacia la que parece que se dirige la nave.
Sobre ella está la humanidad, o al menos
buena parte. Quien se fije en los individuos que la abarrotan por
completo, y ese es otro de los peligros al que permanecen ajenos,
están representados todos los tipos humanos, o casi, que pululan por
este mundo.
Hay un timón, que no se sabe con qué
criterio es gobernado, porque quienes tienen sus manos sobre él no
parecen muy atentos, sino que están como ensimismados, o posando
para la cámara. Hay una cuerda que pende, quizá la amarra que lo
sujetaba al puerto y que ahora ya no sujeta nada. Hay un remo del que
nadie se ocupa. Más o menos, así funcionan nuestros asuntos en
cuanto al timón y en cuanto al remo.
Ahora fijémonos en los personajes. Ese
cura que parece más atento a la cuestión festiva, como delata el
pañuelo que lleva en la cabeza, que a la que sería su función
sacerdotal. Uno de los tripulantes enarbola su camisa, de la que se
ha despojado, a modo de estandarte y señala lo que sin duda cree que
es la tierra prometida. ¡Qué lo va a ser! Se ve claramente que en
el lugar al que señala acecha una calamidad. Alguien disfrazado de
Arlequín, quizá porque admira a Picasso, adopta la actitud de tocar
un instrumento musical que no tiene entre las manos. Otro individuo
con la cara pintarrajeada nos manda callar, sin más autoridad para
ello que la que otorga su desparpajo. Uno da a conocer su pulsión
nacionalista con una gorra decorada con la bandera estadounidense.
Los altos poderes financieros no faltan en la nave, tan pulcros, tan
aseados, sin enterarse tampoco de que se dirigen al desastre. Hay
quien se hace el interesante con un antifaz, carmín en los labios,
la cara blanqueada y el gorro de papel que recalca su impostura. No
faltan el chador ni el pañuelo palestino, que al igual que los
gorritos, coronas de papel, o esas máscaras que se pintan con la
finalidad de representar un papel en el teatro de la vida, no vienen
a ser más que muestras de esa inconsciencia común a todos.
Vicente Torres
jueves, 18 de enero de 2018
| [+/-] |
Tras Auschwitz |
Quien haya estado en Auschwitz, y
sobrevivido, ya no puede ser el mismo. Después de haber asistido a
tanto horror no es fácil volver a la normalidad. No hubo bajeza,
traición, villanía, crueldad, infamia que no tuviera lugar allí.
¿Y qué pensarían de sí mismos los nazis? El ojo humano lo
registra todo y aunque luego el cerebro se niegue a interpretarlo
correctamente queda en el fondo de uno mismo, influyendo en la
conducta.
Pero todos hemos estado en Auschwitz,
porque nos lo han contado y porque no hay ni uno solo que no sea
capaz de imaginar hasta el mínimo detalle lo sucedido. Todos hemos
visto o llevado a cabo hechos que proyectados son como los de
Auschwitz.
Y, sin embargo, ahí estamos, cultivando
el narcisismo, magreándonos unos a otros, haciendo la pelota sin
parar, a la espera de que el machoman de turno, ese ser egoísta y
arbitrario, nos dedique una sonrisa, un guiño, una palmadita en la
espalda.
Lo de Auschwitz, por otro lado, tampoco
debió de sorprender a nadie. Anteriormente, muchos ejemplares
humanos ya habían preludiado el nivel de bajeza hasta el que podía
llegar el género humano. El horror no surgió con los nazis, sino
que ellos se sirvieron de lo que ya había antes, quizá
perfeccionando algo, o haciendo variaciones.
He aquí pues que la historia, cuya
función sería la de convertirnos a todos en adultos, si acaso
conservando aquella parte de la infancia que sirve para soñar sin
hacer daño, se sigue usando para fomentar narcisismos, individuales
también, pero sobre todo colectivos.
Otra vez sembrando la semilla que puede
dar lugar a un nuevo Auschwitz, otra vez cerrando los ojos, en el
intento de olvidar atrocidades pasadas, en lugar de poner los medios
para que no se vuelvan a repetir, que consistiría en arracimarse en
torno a la justicia, en torno a la verdad y la razón.
Auschwitz existió y nos mostró lo peor
de nosotros.
viernes, 12 de enero de 2018
| [+/-] |
Una de meapilas |
Hay personas que tienen una fuerte
afición a proclamar su fe religiosa, pero luego no se sienten
obligadas por dicha revelación, no sienten la necesidad de
demostrarlo con los hechos, sino que más bien parece que sirven de
ella como patente de corso para emplear la maza, el hacha o la espada
que siempre deben de llevar en la mano.
Su religiosidad se circunscribe a acudir
al templo, quizá mostrando mucho fervor y seguramente a rezar
algunas oraciones a horas fijas o en momentos concretos.
Hay quien siempre que puede dice «soy
creyente» y a continuación se dedica a dar puñaladas, siempre a
traición, siempre de forma injusta e inesperada para la víctima. No
es probable que a Dios le guste ser utilizado como cómplice en tales
actividades, pero eso no parece importarle a quien lo hace, que
además sabe como encontrar compinches cada vez, bien entre otros
‘creyentes’, bien entre ateos o agnósticos, porque entre estos
los hay que tienen un código ético y quienes no tienen más código
que el interés inmediato, o la conveniencia interesada.
No hay nada más propio del cristianismo
que el ansia de justicia, y esto no se puede decir de otras
religiones, como el islam o los testigos de Jehová, y si no tienen
esa condición no deberían ser consideradas religiones, porque no
sirven para hacer mejores a las personas, sino que aquellos miembros
suyos que se hacen mejores lo consiguen al margen de estas creencias,
no a causa de ellas.
El ansia de justicia incluye en sí mismo
la piedad, porque sin ella no puede haber justicia, y el amor a sí
mismo y al prójimo, porque es el odio el que lleva a la injusticia y
al deseo de hacer el mal, es el odio el que impulsa a despreciar
prójimo.
Si quienes proclaman su fe, optaran por
decir que su ideal es la justicia, se sentirían más obligados y,
por tanto, serían mejores personas.
miércoles, 3 de enero de 2018
| [+/-] |
Visitas sin invitación |
Visitas sin invitación
La Isla de
Puerto Rico se reponía del azote del Huracán Irma. Su población comenzaba su rutina diaria.
Apenas habían pasado unas semanas, cuando las
autoridades de seguridad anunciaban que
los modelos meteorológicos mostraban la formación de otro fenómeno atmosférico. Éste se fue observando día a día. De repente y en conferencia de prensa a nivel
nacional, el gobierno informa que el impacto del Huracán María sería inminente
y su paso lento sería de carácter catastrófico para la Isla. El plan primordial del gobierno era salvar vidas.
Y llegó el fatídico
día. Al despuntar la mañana
del 20 de septiembre de 2017, su furia de
categoría 4, y con
vientos sostenidos de 155 millas por hora, se posó primero en las islas-municipios
de Vieques y Culebra; y luego, se desplazó sobre la Isla Grande-Puerto Rico. Dejó una devastación inimaginable. Colapsó el sistema eléctrico, de agua potable y comunicaciones. Destruyó casi todo a su paso: hogares, instalaciones comerciales, carreteras,
caminos vecinales, puentes, cosechas, y desgraciadamente,
muchas vidas. Afectó a todos por igual
sin importar condición económica. Varios días a
oscuras y sin comunicación, ¡qué horror! Después, se comenzaron a remover los árboles y postes que impedían transitar las carreteras, y por fin, tendríamos noticias de nuestros familiares y
amigos.
Se extendieron
muchas manos para ayudar: Estados Unidos, República Dominicana, Cuba, Venezuela,
Panamá, Chile, Argentina, y otros que escapan a mi memoria. Los artistas no se hicieron esperar. Estos organizaron innumerables conciertos
para recolectar fondos. A todos mil
gracias.
Dejar la Isla y
emigrar a Estados Unidos, nunca fue una opción; quedarme para aportar en lo que
fuera necesario, sí.
Ya han pasado casi
cuatro meses, falta mucho por hacer, y se necesitará continuar trabajando arduamente para que Puerto Rico vuelva
a resplandecer como antes. Apuesto a nuestra capacidad para enfrentar retos.
Mercedes Claudio
Ortiz
Puerto Rico
martes, 2 de enero de 2018
| [+/-] |
El aborto está de moda |
Hemos llegado a un punto en el que quien
no esté a favor del aborto sin restricciones ni límites puede ser
considerado como torpe o como un carcamal. Lo que era un mal menor ya
se reclama como derecho.
La humanidad no le puede reprochar a la
naturaleza que sean las mujeres las que den a luz. A la naturaleza no
se le puede reprochar ninguna cosa. La obligación de la humanidad es
disponer las cosas para que ocurran del modo más justo posible.
Hay personas que se consideran muy sanas
y visitan los mejores paisajes, andan en busca de panorámicas
grandiosas, de aire puro y vivificador, pero el prójimo les interesa
poco, sólo les sirve para reforzar su ego y para confirmar su
pertenencia a la tribu. No se dan cuenta de que los mejores paisajes,
las visiones más conmovedoras están en el alma humana. Es a través
del conocimiento del Otro como se reafirma la pertenencia a la
humanidad, como se descubre el alma propia.
Hay personas que van mucho a misa, y
rezan con devoción, que cuando se enteran de que se ha perjudicado
arbitrariamente a un pobre diablo alegan que el daño causado no es
mucho. Ignoran que ese pobre diablo podía contener en sí, como
Pessoa, todos los sueños del mundo.
Un ser acabado de concebir es un proyecto
de vida, una voluntad dispuesta a abrirse camino, un mar de sueños.
No tiene ninguna culpa. Quien se precie a sí mismo no puede dejar de
respetar a esta nueva vida que trata de abrirse camino. Quien no lo
haga, por muchas etiquetas -socialista, cristiano, etc.- que se
cuelgue demuestra que no respeta a los demás, no le importan, vive
inmerso en su egoísmo.
La humanidad no es perfecta. A veces, las
señoras se quedan embarazadas sin desearlo previamente y aunque
estuvieran dispuestas a traer al mundo a la criatura, no tienen
posibilidades de poder criarla. Los padres tampoco la pueden ayudar o
hacerse cargo. Es cuando hay que aceptar el mal menor.
sábado, 30 de diciembre de 2017
| [+/-] |
Canción de cuna para un macho alfa |
Quizá la pregunta que genere el título, en primera instancia, se refiera a que habla de ‘un’
macho alfa y es que, en contra de lo que se pueda pensar, no sólo
hay uno, sino que éstos abundan, aunque también es cierto que alguno se hace notar más que el resto.
Se le conoce como ‘macho alfalfa’,
porque de sus actuaciones y manifestaciones se deduce que no se
alimenta de otra cosa.
Pero hay otros que aparte de que se
burlan mucho de ese, por lo burro que es, porque la diferencia de
talento y conocimientos que les separa de él es muy grande, también
son arbitrarios, prepotentes, injustos, caprichosos, ventajistas y
unas cuantas cosas más, aplicables todas a este subconjunto humano.
Otra circunstancia que les hermana es que
suelen tener muchos forofos, porque la irracionalidad (Ortega y
Gasset ya explicó la existencia de los bárbaros ilustrados) se
viene demostrando que ejerce un poderoso influjo entre las masas,
concitando un interés hasta tal punto desmedido en entre quienes les
siguen que llegan a perder su sentido crítico. Estos seguidores de
los machos alfa jamás consideran que el personaje objeto de su
adoración pueda equivocarse o meter la pata, aunque los no adictos
lo vean claramente e intenten explicárselo.
Otra característica común entre los
machos alfa, incluidos los alfalfa, es que a todos les falta un
hervor, están sin terminar de hacer, de ahí que sean caprichosos y
arbitrarios y fuera de su mundo oficial, en sus relaciones más
informales prescindan, si les conviene, del rigor intelectual, al que
sí intentan ceñirse cuando piensan que se les puede tener en
cuenta. En donde piensan que pueden explayarse sin riesgo dan rienda
suelta a su infantilismo caprichoso y despótico. Por supuesto que
para ellos su conveniencia siempre se impone a su sentido del deber,
en el supuesto de que lo tengan.
miércoles, 27 de diciembre de 2017
| [+/-] |
Sobre la proliferación de fantasmas |
Hombres y mujeres en grado de tentativa.
Niñatos al cabo (las pseudofeministas no se enfadarán si no digo
niñatas; lo políticamente correcto es una forma de asfixia). Juegan
a creer que son lo que jamás llegarán a ser, por falta de arrestos.
Elitistas, clasistas y tribales (algunos son muy
inteligentes), practican lo mismo que critican. Cuando el amor a la
verdad sucumbe a la tentación del narcisismo, sufre la filosofía. Se
las dan de campechanos (como el anterior Rey) y dejan que el
populacho se les acerque, pero sólo hasta la valla tras la que se
protegen. Discriminan a quienes no se les rinden incondicionalmente y
les aplauden hasta romperse las manos. ‘Discriminan’ (son muy
inteligentes), como aquellos a los que critican.
«Monotonía de lluvia tras los
cristales», siempre la misma historia, siempre los mismos fantoches.
Apuestan a caballo ganador. No les mueve el amor a la justicia o la
causa justa, sino que saben que por mucho tiempo que tengan que
esperar al final saldrán ganando, porque la opción contraria no
puede, en ningún caso, alzarse con la victoria.
La historia es elocuente...No basta con
tener talento para ser persona. Se puede ser un gran arquitecto, un
gran literato, un gran general...y, al mismo tiempo, un gran
miserable.
La amenaza del fracaso personal se
cierne sobre cualquiera que se precie. Se puede constatar que ha
tomado carta de naturaleza en alguien cuando se observa que éste, o ésta, se ha refugiado en alguna tribu o clan. Cuando alguien necesita
un parapeto para protegerse de las inclemencias de la vida es porque
sus convicciones son débiles, su amor por la justicia, aunque sepa
de leyes, es mera retórica, su adhesión a la verdad, mero postureo y la proclamada fraternidad hacia sus semejantes pura burla, auténtico
cachondeo, mentira podrida. Cuando alguien fracasa en su lucha
interior pasa a ser un fantasma.
jueves, 21 de diciembre de 2017
| [+/-] |
Navidad 2017 |
Dado que en este tiempo una de las
palabras más usadas, sino la que más, es el amor, quizá resulte
conveniente dedicar un poco de atención a este sentimiento, que no
cae del cielo, como muchos parecen pensar, para irse cuando le viene
en gana. Hay que cultivarlo.
Lo primero que hay que hacer para poder
amar a otros es amarse a sí mismo. Pero esto no consiste en mirarse
al espejo como Narciso, sino en intentar eliminar de la propia
persona todas las impurezas que pueda contener. Hay que comenzar por
suprimir el odio, ese sentimiento tan negativo que, por frecuente, se
tiene por razonable. Pues no lo es, porque el odio anula la capacidad
de amar y daña más a quien lo siente que a quien objeto de él.
La soberbia está de sobra, puesto que el
ser humano es tan poca cosa que una simple bacteria o virus, o acaso
el más pueril e inesperado accidente pueden acabar con él
rápidamente.
La vanidad es propia de estúpidos,
porque basta con fijarse en algunas de las figuras históricas para
comprender la propia pequeñez.
El egoísmo es contraproducente, puesto
que quien acaba de nacer está en deuda, sólo por ello, con quienes
le precedieron. Hay que devolver a la humanidad lo que se le debe.
La envidia es propia de quienes no se
valoran porque no han explorado sus propias posibilidades.
Pero tampoco es cuestión de ir repasando
todos los vicios humanos. Basta con saber que están ahí mermando
las posibilidades de quienes los dejan anidar y crecer en su
interior.
Es imposible alcanzar la perfección,
pero es un deber moral intentar alcanzarla. Es entonces, cuando se
hace de forma veraz y, por tanto, constante, cuando se está en
disposición de sentir verdadero amor. De otro modo, todo es etéreo,
sometido a los cambios de estación, a los caprichos del momento.
Sólo las personas reales, o sea, las que
se esfuerzan en ser personas, tienen derecho al amor.
martes, 12 de diciembre de 2017
| [+/-] |
Estupideces |
Uno que nos mira
por encima del hombro, otro que rehúye
la mirada, el de más allá que se deja fotografiar entre las
estanterías de su despacho, en las que se ven miles de libros que
seguramente ha leído en su totalidad, son tres de las muchas formas
que tienen algunos de marcar distancia, de sentirse superiores a los
demás, lo cual es una estupidez.
El sumamente frágil y el más poderoso
del mundo puede verse en el trance de necesitar el auxilio del
mendigo que tiene cerca. Bastaría con que fuera una posibilidad
teórica para tenerla en cuenta, pero el caso es que es real, como
cualquiera sabe.
Es evidente que la lectura es un refugio
seguro en tiempos de tribulación y una fuente inagotable de
conocimiento y de placeres cuando la vida es de color de rosa, pero
el hecho de haber leído mucho no constituye una garantía de nada,
porque Cervantes jamás pudo tener una biblioteca como esas que se
exhiben a menudo y Sócrates no leyó ni un solo libro.
La sabiduría está en el interior de
cada uno y es ahí donde hay que buscarla. Uno puede tener muchos
conocimientos y ser un necio, como lo prueba la realidad de que
algunos han hecho trampas con el fin de conseguir un Nobel. No sirve
para medrar, ni para que nadie se doble al paso, como les gusta a los
estúpidos que se haga, e incluso puede ser motivo de burlas o de
menosprecio. No me extrañaría nada que un niñato sabihondo, un
deportista multimillonario, o un patán ensoberbecido se burlaran de
un sabio.
Tampoco existe el título de sabio, por
otra parte, y quien presume de serlo, y los hay que lo hacen, no lo
es.
Cuando alguien necesita sentirse superior
al resto es que algo no carbura bien en sus adentros. Está
insatisfecho consigo mismo y trata de contrarrestar este sentimiento
del modo que puede y entonces incurre en el vicio de la estupidez.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)



