sábado, 13 de julio de 2019
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Otegui y víctimas del terrorismo |
sábado, 8 de junio de 2019
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La sabiduría y los listillos |
domingo, 19 de mayo de 2019
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Ese poder inadvertido |
domingo, 21 de abril de 2019
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Receptores de sangre |
domingo, 3 de marzo de 2019
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DIARIO DE UN ESCRITOR NAIF, por Alicia García Herrera |
viernes, 22 de febrero de 2019
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La necesidad de aprobación |
lunes, 11 de febrero de 2019
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A vueltas con el rencor |
jueves, 17 de enero de 2019
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Presentación de '2016. Año bisiesto', por María Ángeles Chavarría |
lunes, 31 de diciembre de 2018
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Para 2019: el regalo de la amistad |
sábado, 8 de diciembre de 2018
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Parábola de Matías y Salvador |
sábado, 1 de diciembre de 2018
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Todo empezó con Simone Weil |
martes, 20 de noviembre de 2018
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Yo sé lo que ví... |
Imaginemos dos escenarios, ambos situados en el remoto pasado de la especie humana. Mejor aún: en el remoto pasado de los precusores de la especie humana.
Primer escenario: hace tres millones y medio de años; un grupo de Australopitecus afarensis en la sabana africana. Provienen de primates arborícolas, pero ellos ya no lo son: viven en el suelo. La constante vigilancia a los posibles depredadores en este medio hostil estimula entre otras cosas el bipedismo y esto libera las extremidades superiores para tareas más nobles que la locomoción. Existe una variabilidad genética entre los miembros del grupo que se refleja en el diferente comportamiento ante un ruido o una mancha borrosa en el horizonte: unos tienden a ver, muchas veces erróneamente, un depredador y huyen despavoridos al menor signo de alarma. Otros por el contrario tienen una menor capacidad para imaginar un peligro ante una imagen o sonido confuso, o simplemente tienen una tendencia innata a indagar más para ver si el peligro es real, antes de emprender la huida. ¿Cuáles tienen mayor probabilidad de ser nuestros antepasados: los que huyen, muchas veces en vano, o los que no huyen hasta estar seguros de que el peligro es real?
Segundo escenario: una tribu de Homo habilis de hace unos dos millones de años con dos tipos de bebés: unos con gran capacidad (innata, debido a su dotación genética) para reconocer las caras de sus progenitores y otros con mayor dificultad para hacerlo. Son tiempos duros en los que el infanticidio está a la orden del día por motivos puramente económicos: las necesidades de alimento son superiores a las disponibilidades, y la existencia es una penuria continua. ¿Cuáles tienen mayor probabilidad de ser nuestros antepasados: aquellos que sonríen ante la mirada de sus padres o los que no lo hacen?
Cualquiera comprende enseguida que la mayor posibilidad de supervivencia (y con ello, de perpetuar sus tendencias en las siguientes generaciones) pertenece a quienes tienen un umbral de alarma más bajo en el primer caso y mayor capacidad para ver caras de semejantes en el segundo. No importa que a su vez estos grupos sean los que más fallos cometen: son errores sin consecuencias, mientras que los errores del otro grupo son errores fatales. La variabilidad necesaria para hacer de materia prima de la evolución podrá ser aleatoria en su origen y distribución pero la selección natural que actúa sobre dicha variabilidad no lo es en absoluto. Selección natural no es otra cosa que incremento diferencial de descendencia en virtud de las características genéticas. Dicho de otro modo: se produce selección natural cuando hay diferencias en número de hijos que cada individuo saca adelante, y cuando esas diferencias están causadas, al menos en parte, por la posesión de unos genes u otros.
Teniendo esto claro, es fácil comprender que la capacidad heredable para reconocer patrones en imágenes y sonidos confusos es un valor añadido de supervivencia, y por tanto aumenta la posibilidad de tener descendientes que hereden esta característica. Curiosamente, poco importa la ratio de aciertos y errores. Poco importa huir sin motivo en la sabana o devolver la sonrisa a un tocón de madera o una roca con una vaga forma humana. Lo que importa es no huir cuando sí hay un motivo para hacerlo, o no devolver la sonrisa haciendo más fácil el abandono o el sacrificio. Esta presión selectiva explica la extraordinaria capacidad que tenemos los humanos para reconocimiento de patrones, existentes o no, en señales confusas de todo tipo.
Esta propensión humana se denomina pareidolia, y muchas veces nos hace percibir cosas que simplemente no existen. Forma parte del funcionamiento ordinario de una mente sana y nada tiene que ver con percepciones patológicas. Pero nos confunde y nos engaña, suponiendo la cruz de una capacidad adquirida evolutivamente.
Históricamente, la pareidolia ha sido responsable de multitud de mitos, leyendas y malas interpretaciones. La cara de Marte, una formación rocosa que parece ser un rostro humano en la región de Cydonia; las invocaciones satánicas presuntamente halladas en microsurcos de Rock And Roll; el origen (sólo el origen, porque el resto es pura y simplemente falsificación y engaño) de las caras de Bélmez de la Moraleda; las apariciones marianas en el cielo, muchos avistamientos OVNI, la cara del diablo en el humo que salía de una de las torres gemelas o las presuntas frases encontradas en muchas psicofonías, son ejemplos de pautas encontradas donde no las hay.
Tenemos la tendencia a creer que el mundo se nos revela directamente tal y como es, cuando la realidad es mucho más complicada: vivimos en un mundo virtual creado por nuestro cerebro. Lo que observamos como un mundo de sensaciones ordenado, continuo y coherente no es sino un constructo de nuestra mente nos ayuda a propagar nuestros genes a la siguiente generación. En palabras del profesor Carlos Álvarez, profesor de Psicología Cognitiva de la Universidad de La Laguna:
"Se suele asumir que el ojo funciona como una cámara de fotos y el oído como una grabadora. La psicología sabe desde hace siglos que no es así. Nuestro cerebro está preparado y diseñado para encontrar patrones hasta donde no los hay"
Ahora bien, para encontrar un patrón donde no lo hay, lo primero que debe existir en nuestra mente es dicho patrón. Por eso, nuestras percepciones están teñidas por nuestra cultura. Ese es el motivo por el cual una luz extraña en el cielo sea interpretado en el siglo XIX como una aparición de la Virgen María, en el siglo XX como un OVNI y en el siglo XXI ni siquiera sea tenida en cuenta; por eso a ningún indio americano precolombino se le apareció la Virgen (no, el indio Juan Diego no era precolombino), ni a ningún pastorcillo europeo se le apareció Huitzilopochtli. Por eso el nombre de Alá aparece escrito en los lomos de peces de acuario de propietarios musulmanes, la cara de Cristo en tostadas que provienen de tostadoras cristianas y por eso las psicofonías sólo las entienden los amigos de lo paranormal.
Conviene tener en cuenta que nuestra mente está dispuesta a engañarnos, y que es fácil que un testigo de un suceso extraordinario pueda estar diciendo una falsedad sin intención consciente de engañar. “Yo sé lo que ví” es una frase que demuestra un gran desconocimiento de la psicología de la percepción, y debiera ser sustituido por un “yo sé lo que creí ver”, pero ésta es una frase que oímos con menor frecuencia. Es normal: a veces es difícil renunciar a diez minutos de gloria, y a todo el mundo le gusta poder ser escuchado cuando cuenta una bonita y falsa historia.
Y todo eso, sin mala fe. Cuando además entra en acción el engaño consciente, la tergiversación y la mentira interesada, ni les cuento... por eso acabaremos con otra cita, esta vez del médico checo Jan Evangelista Purkinje:
“La decepción de los sentidos es la verdad de la percepción”
lunes, 19 de noviembre de 2018
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El precio del abandono de la filosofía |
Así pues repetimos: esta no es una historia de buenos y malos. Esta es la historia de la peculiaridad de Occidente: en Occidente la filosofía fue incorporada a la maquinaria de pensamiento religioso, cosa que no ocurrió en ninguna otra parte. Por lo tanto no es cierto que el Islam tiene pendiente una asignatura: ya lo intentó, y lo resolvió en el siglo XII. Y lo resolvió a favor de la irracionalidad y de la literalidad de un Libro Sagrado de una manera que impedía todo pensamiento fuera de él, ni siquiera (y esto es crucial) para defender la fe, como en el caso cristiano.
(1) https://elpais.com/elpais/2012/03/21/opinion/1332331541_776723.html
sábado, 17 de noviembre de 2018
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La cara b |
sábado, 20 de octubre de 2018
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La mente criminal |
domingo, 7 de octubre de 2018
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Ejemplo de chavismo en Valencia del Cid |
domingo, 30 de septiembre de 2018
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Elogio de los calzonazos |
domingo, 16 de septiembre de 2018
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Las mujeres, la prepotencia y el feminismo |
miércoles, 5 de septiembre de 2018
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Bandarras de cutis fino |
domingo, 2 de septiembre de 2018
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El Pack |
Estamos absolutamente compartimentados, y además somos gregarios. Nos debemos a nuestros aprioris, a los que somos absolutamente fieles, como si lo merecieran. Según nos hacemos adultos, asumimos un perfil al que creemos deber algo. Y ese perfil conlleva una serie de adhesiones inquebrantables. Lo hacen incluso aquellos que cacarean su independencia e individualismo. O especialmente ellos.
Por ejemplo, si eres de izquierdas, las probabilidades de que te tiemble el pulso antes de hablar mal del Islam son muy altas. Serás incapaz de leer o escuchar una crítica al mismo sin exclamar al momento: "¡ y el cristianismo, lo mismo!", manteniendo una perfecta equidistancia, no vaya a parecer que mi discurso es xenófobo, colonialista, eurocentrista o racista. Aunque no venga a cuento, aunque no sea verdad, lo harás porque va en el pack. Piensas que si no lo haces así, la gente de derechas (a la que llamarás posiblemente "la caverna") opinará como tú, y eso no puede ser. Si por el contrario eres de derechas, defenderás igualmente cuestiones que ni siquiera razonas, porque decir lo contrario te parecerá hacer el juego a la izquierda, a la que llamas posiblemente izmierda. Por ejemplo, no creerás en el calentamiento global, y si los datos son agobiantes, no creerás que es antropógeno. Tendrás tendencia a creer a los torturadores de datos que presentan la evolución de las temperaturas como si no existiera calentamiento. Tampoco creerás que el sexo y el género pueden estar en disonancia, a pesar de las pruebas psicológicas, estudios y documentos que te muestren que la situación real es muy otra, y que sí, hay personas atrapadas en un sexo que no es el que sienten que les corresponde. Porque va en el pack. En el asqueroso pack que debes tomar entero, tragarlo íntegro, de manera monolítica y acrítica.
Y no estoy hablando de extremistas, de excrecencias de pensamiento tales como los integrismos religiosos que inhabilitan a sus rehenes a entender el heliocentrismo, la evolución o la edad de la tierra. Hablo de gente común, de buena gente común, gente como tú y como yo, que nos creemos que debemos algo a un perfil que otros han construido para nosotros y lo hemos aceptado contra el sentido común, contra la evidencia y contra la decencia.